Este año parecen intensificarse dos estados de ánimo en el país. Dos imágenes, diríamos, de pensamiento y emoción, como si se reflejaran en dos espejos con colores y curvaturas distintas. Esto es una muestra de que la elección de 2020 resolvió el tema de quién gobierna en el país, pero no necesariamente eso significa una mirada común sobre el futuro.
Por un lado, tenemos la imagen de la política, de la construcción de dos narrativas épicas: “Golpe vs. Fraude”. Dos frentes que se extrapolan en la discusión callejera, a lo rural vs. lo urbano, a lo colla vs. lo camba, y que se expresan en las redes sociales en discusiones que nada tienen que ver con nada, como cuando un cruceño explota en Facebook contra los que atacan a nuestro admirable Carlos Lampe, con el argumento de que es el odio de los collas que tienen envidia del jugador.
O como cuando puse un post en Twitter, opinando que las organizaciones sociales podrían jugar un rol más activo para combatir la desinformación sobre la vacuna… y salido de la nada, un energúmeno en busca de una oportunidad, me respondió a carajazos en contra del Gobierno. Era un troll con 30 seguidores.
Esta imagen tiene como principal impulso, la interpretación de la realidad que se refleja en titulares de prensa alarmistas: “no hay vacunas”, cuando éstas tardan en llegar; si llegan las vacunas, “no hay oxígeno”; si tenemos oxígeno, el problema son las declaraciones de Evo Morales y así, en una espiral sin visos de acabar.
La más reciente encuesta Delphi de la Fundación Friedrich Ebert (FES) refleja esta sensación de polarización: un 32% de los participantes están “muy de acuerdo” en sancionar a los responsables del fraude de 2019, mientras que un 21% de la muestra indica estar “muy de acuerdo” con sancionar a los responsables del golpe de Estado de ese mismo año. Un 60% de los participantes afirma que Bolivia está muy polarizada, pero que podemos resolver nuestros problemas pacíficamente.
Por otro lado, está la imagen de las preocupaciones domésticas, de la familia, la imagen de la cotidianeidad de la gente. Algunos dirían la imagen de “las cosas pequeñas”. Esta segunda imagen está alimentada por la recesión económica, el desempleo y la caída de los ingresos.
La encuesta del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag) nos ilustra esta preocupación: un 22% de la gente encuestada indica que el principal problema del país es la economía y el empleo, y un 24% indica que el problema es la corrupción. Pero cuando llega la pregunta sobre las aspiraciones personales, la gente quiere encontrar un mejor empleo (30%) —sospecho que un lugar donde le paguen mejor—; quienes no tienen confianza en el trabajo asalariado quieren invertir en un negocio propio (15%) y también están quienes quieren librarse de sus deudas (14%). Es decir que prácticamente dos tercios de la gente quiere resolver su situación económica personal y familiar.
¿Hasta qué punto coexisten estas dos imágenes en la cabeza de la gente? Solo tengo conjeturas. Sospecho que es muy poca gente la que está verdaderamente convencida de que su situación económica personal depende de quién esté al mando o de quién queda en pie luego de la batalla política, máxime cuando la gran mayoría de la población (casi 69%, según el Celag) tiene una mala imagen del Órgano Judicial.
También sospecho que la imagen de las preocupaciones domésticas puede tener una importancia cada vez mayor para el clima de percepción política del país, especialmente la percepción de la gestión de gobierno: la gente no encuentra motivos para movilizarse si está satisfecha con su trabajo, con su ingreso y confía en cumplir sus aspiraciones personales y familiares.
Por muy polarizada que esté la sociedad, en el fondo lo que quiere es superar el atolladero económico. Y, por mucho que la pelea en redes necesite una chispa imaginaria para pelear sobre lo político, lo que desea la mayor parte de la gente es que a la actual gestión de gobierno le vaya bien con la reactivación económica: el 51% de la gente cree que el presidente Arce podrá mejorar la economía del país. Ese dato no es fijo, depende de los resultados concretos.
A la larga, incluso a pesar de la permanencia de un proceso de polarización, típico de la intensidad emocional que es como un signo de esta época —y no solo para los bolivianos—, el éxito en la gestión económica —y sanitaria, añado yo— puede significar el éxito político en el mediano plazo.
Pablo Rossell Arce es economista.






