Amediados de 2018, el Panel Internacional contra el Cambio Climático (IPCC) público Calentamiento Global de 1.5ºC, uno de los más escalofriantes documentos que alguna vez haya leído.
El reporte adelantaba que reducir nuestras emisiones de carbono hasta 1ºC por encima de los niveles preindustriales ya era casi imposible, y concluía con una advertencia ominosa: quedan 12 años —es decir, hasta 2030— para reducir significativamente el tamaño de nuestra huella ecológica. La advertencia inequívoca estaba fundamentada por más de un centenar de investigaciones que daban cuenta de los catastróficos efectos que tendría el continuar con el actual estilo de vida de la civilización capitalista sobre el futuro de la humanidad: el nivel del mar se elevará por encima de los 7 metros, más de 190 millones de personas morirán por causas relacionadas a la escasez de agua o de alimentos y cerca del 65% de la biodiversidad planetaria quedará extinta. Apocalipsis.
Inmediatamente pensé en aquella coyuntura que le resultó tan cara al “proceso de cambio”: el episodio TIPNIS, que dejó al descubierto la inercia extractivista del gobierno de Morales. La hipócrita indignación ecologista de los blanquitos sopocachenses me hizo subestimar el problema. Debemos aclarar, pero, inercia intrínseca a la matriz productiva de nuestro país, por lo cual sería injusto condenar a su gestión solamente. Si bien la intención inicial de aquellos tiempos era superar nuestra condición de meros productores de materias primas, la división internacional del trabajo, dato objetivo de nuestra historia, hacía de tal aspiración una sumamente dificultosa.
Así, mientras el discurso oficial de la izquierda internacional demandaba superar la dependencia de las energías fósiles, el crecimiento y la sostenibilidad económica de nuestro Estado nos empujaban hacia la dirección opuesta. Las políticas redistributivas tan necesarias para evitar el desgarramiento del tejido social de Bolivia por la presión de la desigualdad eran posibles solo a partir del control soberano sobre nuestros recursos naturales, que tenían que ser, necesariamente, explotados. Si no, ¿por qué más murieron los mártires de la “guerra del gas”?
Un par de años antes de aquellas distópicas predicciones, Naomi Klein produjo un libro y un documental titulados Esto lo cambia todo: el capitalismo contra el clima, denunciando que la solución al predicamento del calentamiento global no podía darse dentro de los márgenes impuestos por el capitalismo neoliberal, dentro del cual la adopción de energías renovables es virtualmente imposible mientras una de las principales industrias mundiales sea la extracción de petróleo. Nuevamente me invadió una pregunta: ¿será que el extractivismo de sello estatal será peor que uno ejercido por empresas privadas multinacionales? El incendio de la Chiquitanía que se dio luego, en 2019, dejaba poco espacio para la duda: no, la iniciativa privada no es menos devastadora para el clima que el desarrollismo estatalista. ¿Qué hacemos entonces, cuando las dos caras de la moneda nos condenan, aunque de diferente forma? Me viene a la cabeza ese cuento de Eduardo Galeano, en el cual un cocinero les pregunta a las gallinas cómo prefieren ser cocinadas: ¿hervidas o fritas? “Pero nosotras no queremos ser cocinadas”, responden. “Eso está fuera de cuestión”, sentencia el chef.
Pero dado que el tiempo pasa tan rápido y es, al mismo tiempo, tan escaso, tal vez lo mejor es dejar de preocuparse por lo que sucederá en un par de décadas. Total, tal vez, muy probablemente, ya no esté acá para presenciar la catástrofe. Luego veo a mi hermanita de 10 años viendo novelas en su computadora. “¿Esta es la última generación que tendrá una oportunidad para resolver este problema?”, pienso yo despreciativamente. Y luego me respondo: “no, idiota, esa era la tarea de la tuya”. Me doy cuenta de que, a pesar de los avances de mi tiempo, nuestra especie no ha evolucionado más allá del rudimentario homo sapiens, inmediatista como es. No, ahora somos petrohomos, o, peor, petro-monos.
Hace algunos años se puso muy de moda hablar sobre el “vivir bien”, que aspiraba a ser algo más que una propuesta de desarrollo, si no, más bien, una alternativa al mismo. ¿extractivismo nacionalista o extractivismo multinacional?
Carlos Moldiz es politólogo.






