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Finitud humana

El ser humano es un ser finito, nace en una determinada época, bajo un determinado lenguaje y una determinada cultura. El ser humano no puede sustraerse a su cultura, a su mundo histórico que lo antecede. Tampoco puede sustraerse a su comunidad, que le ha dado el lenguaje y sus significaciones, para ver las cosas […]

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Por Farit Rojas T.
PENSAR
La Paz / julio 12, 2021
en Voces

El ser humano es un ser finito, nace en una determinada época, bajo un determinado lenguaje y una determinada cultura. El ser humano no puede sustraerse a su cultura, a su mundo histórico que lo antecede. Tampoco puede sustraerse a su comunidad, que le ha dado el lenguaje y sus significaciones, para ver las cosas desde una mirada a-cultural o a-histórica.

El francés Michel Foucault, ya en los años 60 del siglo pasado, hablaba del a-priori histórico, entendido como una epistéme que dura solo un periodo limitado de tiempo. Una epistéme es la red, la base o el tejido que permite al pensamiento organizarse a sí mismo, es decir, ordenarse como pensamiento. Cada periodo histórico posee su propia epistéme, la misma que limita, a la vez que posibilita, la totalidad de la experiencia, el conocimiento y la verdad situada. De esta manera la epistéme gobierna toda la ciencia de un periodo de tiempo, pues le otorga las bases sobre las cuales se asienta. La epistéme para Foucault es anónima e inconsciente, dicho de otro modo, el ser humano no se da cuenta de que habita una epistéme, como un pez no sabe que vive en el agua. De esta manera, la epistéme está en la base de los conocimientos de una época histórica, y puede ser vista, analizada, pero, a la vez, no comprendida del todo, desde otra época o tiempo. Todos los saberes particulares de un determinado tiempo dependen de una misma epistéme, y ésta cambia de época en época.

Si salimos del etnocentrismo de creer que existe una sola cultura y nos aventuramos a llevar a la reflexión foucaultiana a la pluralidad de culturas, podríamos decir que cada cultura posee su propia epistéme, sobre la que basa su propia concepción del mundo.

Otro francés, Jacques Derrida, resumía lo anterior bajo la frase: “Solo tengo una lengua y no es la mía”. Lo que no significa que esa lengua le resulte extraña o extranjera, al final de cuentas todos habitamos una lengua, aunque no nos pertenezca. Solemos decir que dominamos una lengua, pero lo que Derrida nos susurra es que la lengua es la que nos domina. El sujeto está sometido al nomos —norma, hábito o costumbre— del otro, es decir, del logos que se manifiesta en la lengua.

La lengua nos presta su palabra de dos maneras diferentes: por un lado, nos provee un sistema significante a partir del cual comprendemos el mundo; por el otro, nos propone confiar en él, ya que de todos modos no podemos acceder de modo directo a una realidad prelingüística. La relación entre el término y lo que éste significa es una relación cultural situada, al igual que la epistéme foucaultiana.

Entonces, el lenguaje ya no es uno, sino es múltiple, y crea por consiguiente otros mundos, cada uno con sus acontecimientos, sus seres y sus hechos, constituyendo, de esta manera, la finitud humana.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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