En esta ciudad, el ring político nacional, se ha instalado una simbólica que, en consonancia con ideologías de cada creencia política, dejó de ser inofensiva y se inflama con extrema intensidad. Está a un pelín de ser una simbólica del odio, una representación alegórica del desprecio al otro. Es una estrategia, oculta y perversa, que nos dirige a un conflicto fratricida. En pocos años esta aberrante acumulación simbólica ha logrado insertar en la sociedad, urbana y rural, una manera de ver a los símbolos cargados de narrativas opuestas y enfrentadas. Es un camino retorcido que, históricamente, sangró a pueblos so pretexto de un gran porvenir. Menuda idiotez política.
Personalmente no considero al tema de la nariz de Colón, los murales de los nuevos hemiciclos, la wiphala, la tricolor, la chakana, la cruz latina, la esvástica, los ponchos rojos, o las pititas, como simples alegorías, o inocentes simbólicas acumuladas en el imaginario colectivo. Esos símbolos dejaron de ser ingenuos; las estatuas conmemorativas o las demostraciones políticas (que reclamaban reivindicaciones sociales) pasaron el límite de lo razonable y dejaron de ser una acumulación cultural, un simple constructo social. Ahora, la simbología se ha hinchado como un frágil globo de violencia contenida. Y ese delicado globo se acerca al colapso sin retorno empujado por los intereses partidistas y por los medios de comunicación (sobre todo la televisión que no comprende todavía su grado de responsabilidad en el embrutecimiento colectivo y en el cultivo irracional de la violencia); intereses que confluyen siempre en lo monetario.
La responsabilidad histórica de esta inflación de la violencia simbólica la tiene la clase política; un estamento convencido de la frase de Carl von Clausewitz: la guerra no es más que la continuación de la política por otros medios, o por la idea marxista de una lucha de clases “con sangre” como el motor de la historia.
Si la clase política, de izquierda o derecha, colla o camba, estuviera obligada a mandar al frente a sus propios hijos con dinamitas en el cuerpo, te aseguro que buscarían otro camino para saldar sus diferencias y otra sería la historia. Si la balcanización de los símbolos se consolida (como en muchos países) estaremos ante un futuro espantoso. Lo que no pudo terminar el COVID o el cambio climático lo terminaremos nosotros porque el curso de la historia todavía lo define una especie sanguinaria. Yo sigo siendo optimista: es posible otra historia, otro paradigma para la “reconfiguración de la bolivianidad” en este nuevo milenio. Otro paradigma donde el rector simbólico sea la naturaleza como un conjunto armónico y totalizador.
Carlos Villagómez es arquitecto






