La mentira es un dispositivo que en el campo político tiene “efecto de verdad” y adquiere una capacidad de movilización social. Eso sucedió en Bolivia en la crisis política de octubre/noviembre de 2019. Una determinada narrativa, el dizque “fraude descomunal” (dixit Carlos Mesa) generó una movilización “ciudadana” que pobló las calles de las ciudades bolivianas con protestas sociales bajo esa consigna que luego se convirtió en una creencia. Ya se sabe que una creencia es una aceptación ipso facto, cuasi religiosa, de una idea irrefutable y, en consecuencia, exenta de cualquier demostración deliberativa, argumentativa o racional.
La narrativa se nutre de falsedades para convertirla en una creencia que va en contra ruta de la “verdad histórica de los hechos”. Obviamente, esa narrativa busca legitimar una determinada acción política. En todo caso, esa narrativa no solo es atribuible a un líder social o un político mitómano con propensiones convulsivas al engaño de los ciudadanos, sino tiene un trasfondo sociológico. Efectivamente, la sociedad —o los segmentos sociales— necesita que le mientan porque esas falsedades le sirven para paliar sus angustias y, sobre todo, el miedo asociado a conocer la “verdad histórica de los hechos”.
Entonces, para esos grupos sociales envueltos en banderas bolivianas y con arengas, inclusive racistas que salieron a las ciudades bolivianas en octubre/noviembre de 2019 le es difícil reconocer que no hubo “fraude electoral”, ya que se convirtió en una creencia. Esa narrativa es endeble, además, sostenida por un portavoz de la OEA (vgr. Luis Almagro) que carece de credibilidad y más bien es conocido como un recurrente mentiroso.
La creencia del “fraude descomunal” necesita, sin embargo, ser propalada mediáticamente, como si fueran historias homéricas, pero revestidas de alegorías ocultas —como diría Platón— detrás de esos relatos. Esos “efectos de verdad” difundidos por el entramado de medios del establishment no solamente tienen un objetivo político de “consolidar” la mentira del “fraude descomunal”, sino que esas mentiras tienen un efecto psicosocial ya que sirven para apaciguar los tormentos de un grupo social que salió a las calles enarbolando la bandera de la “democracia”, pero luego esa movilización “ciudadana” desembocó en un golpe de Estado que abrió las puertas del Palacio de Gobierno no solamente a la Biblia, sino a un régimen autoritario que se inauguró con masacres cruentas a campesinos y pobres.
Tal vez, en el subconsciente racista de estos sectores movilizados, las masacres de campesinos y pobres eran necesarias y, por lo tanto, esos medios del establishment hasta el hartazgo e inclusive hoy justifican y vierten al unísono la versión de los golpistas del choque o del intento de hacer volar el almacenamiento de gas de Senkata. Así, se configuró un eslabón falaz: la creencia del “fraude descomunal” está conectada con la negación del “golpe de Estado” y, por último, como efecto colateral, con la negación de las mismas masacres. Hoy ante el debilitamiento de la credibilidad de los actores políticos involucrados en esos hechos execrables, son los medios del establishment que intentan a través de sus tapas, noticias y columnistas emprender una cruzada para que esas creencias alejadas de la “verdad histórica de los hechos” tengan un “efecto de verdad” en sus audiencias que, al mismo tiempo, son parte de ese segmento urbano movilizado en octubre y noviembre de 2019. Quizás, ese segmento necesita consumir esas tabletas de mentiras (o fake news) periodísticas para dormir sosegadamente cada noche.
Yuri Tórrez es sociólogo.






