El 4 de noviembre de 1964, se inició el pisoteo de la democracia; en gran parte de Latinoamérica se imponían dictaduras militares. La muerte inesperada de Barrientos en abril de 1969 desbordó en un proceso de apertura democrático-popular: a la frustración en el Nacionalismo Revolucionario, la alternativa el socialismo; a la democracia cupular, la Asamblea del Pueblo; a la marginalidad de los obreros en el proceso productivo, la cogestión obrera; a la academia señorial, la universidad del pueblo; al tutelaje militar, la organización independiente del campesinado. Semejante osadía tuvo una respuesta de la misma dimensión: la dictadura banzerista (21-08-1971).
A punta de metralla se tomaron las ciudades y cerraron las universidades, se acalló la prensa popular, los partidos políticos populares fueron proscritos; luego haría lo propio con sus aliados, el MNR y la FSB. Los campamentos mineros fueron ocupados militarmente, se nombró a dirigentes desde el palacio, el rechazo a ser coordinador significó el encarcelamiento; finalmente se prohibió la actividad sindical y sus dirigentes fueron apresados, exiliados. El saldo represivo fue de 500 muertos y desaparecidos, 4.000 detenidos, presos, confinados y exiliados. A palo, la dictadura se dio 20 años para enseñar al pueblo a ejercer la democracia en base a los valores occidentales y cristianos.
La dictadura utilizó el modelo de capitalismo de Estado, para crear una burguesía con la explotación de la tierra y los recursos mineros; consolidaba el modelo extractivista en función de los intereses de las metrópolis sedientas de materias primas, utilizó el alza de los precios del petróleo, estaño, algodón, azúcar, para exportar a manos llenas el excedente económico, sin acumulación interna. Las cifras positivas de exportación le permitieron ser sujeto de crédito para endeudar al país, 10 veces más de lo que se debía en 1971.
La dictadura y el saqueo avivaron la rebeldía. Se llegó al convencimiento de que no había otra alternativa que la resistencia para poner fin a tanto oprobio. La organización social tomó nuevas formas: juntas de vecinos, sindicatos clandestinos, grupos de derechos humanos, comités de base estudiantiles: la lucha social no se paró, se reacomodó. Además, la acción excluyente de la dictadura botó al campo popular a la clase media, viendo cerradas sus posibilidades de ascenso social en un Estado retaceado por los ahijados de la dictadura.
El imperialismo mismo tuvo que reflexionar: la derrota de Vietnam y el avance victorioso de los sandinistas hicieron que cambie su estrategia de dominación, había que volver a la democracia. La visita de Banzer a Washington y su entrevista con la administración de Jimmy Carter trajo la nueva receta: democracia sí, pero controlada. Banzer anunció elecciones en noviembre de 1977, condicionadas: en ellas no podrían participar 500 personas “indeseables”. La rendija estaba abierta. La huelga de hambre de diciembre 1977-enero 1978 rompió el dique de contención para lograr la amnistía.
La transición no fue del agrado de quienes se sentían predestinados a dirigir al pueblo, ni mucho menos que éste asuma su conducción y sancione a los usurpadores de la voluntad popular. El denominador común fue la impunidad, el acuerdo político para cruzar ríos de sangre; Marcelo Quiroga Santa Cruz, que quiso enjuiciar a Banzer, fue ejecutado extrajudicialmente. Sin justicia se pierde la memoria y se alienta la repetición del crimen.
La democracia liberal como instrumento de dominación se convirtió en un arte para convencernos que vivíamos en libertad y de respeto a la voluntad popular. El pueblo aprendió a cuidar su voto, pero era incapaz de controlar a la clase política que desde el Parlamento decidía. Así se sacó a Siles, sin que cumpliera su periodo constitucional, se nombró presidentes a los perdedores, se buscaba sumar dos tercios sin ningún escrúpulo. Se asombraron a sí mismos; buscaron retoques: los uninominales, la cuota de género, la reforma de los partidos y del sistema judicial, etc. Una ingeniería; para que no se caiga, se cambiaron las formas pero no a la nueva rosca del poder.
Las insurrecciones populares buscaron acumular fuerzas y encontrar otras formas de participación democrática. La elección directa de Evo Morales en 2005 rompió la era de los votos de oro. Se avanzó con la Asamblea Constituyente, se determinó una democracia participativa y directa.
Antes de superar las vacilaciones en aplicar plenamente la Constitución se nos vino un quiebre constitucional (noviembre 2019), con agentes internos y externos, con los mismos mezquinos intereses, con la élite política como director de orquesta, con la misma bestialidad represiva, con la bendición de un decreto, con la pretensión de retrotraer la historia. Solo el pueblo movilizado y su voto lograron recuperar la democracia.
Los desafíos siguen pendientes: construcción del Estado Plurinacional (ante todo, mandato popular), soberanía y justicia, ¡ya!
José Pimentel Castillo fue dirigente sindical minero.






