Esta niña podría llamarse Soledad porque está sola hace mucho. Según cuentan los medios, en la ausencia de su madre, el padre sesentón de su padrastro (¡madre mía!) abusó sexualmente de esta niña solo sabe Dios desde cuándo y en las últimas semanas se supo de su embarazo. Este infierno se ha gestado en un rincón seguramente humilde de Yapacaní, entre los brazos santos de Santa Cruz. El padre del padrastro no es un santo padre, es un pobre individuo que hoy mira el mundo detrás de las rejas de una prisión que ni siquiera tiene las mínimas condiciones de hacerle comprender la dimensión del horror al que ha condenado a la pequeña Soledad. ¿Vivirá su propio infierno entre los otros privados de libertad? ¿Lo condenarán cada día? ¿Tendrá acceso a medios de información? ¿Tendrá consciencia de todo lo que destrozó? ¿Creerá en Dios? ¿Creerá en los derechos de esa “otra vida” que desencadenó su lado más despreciable? ¿Saldrá pronto de la cárcel?
Las instancias de la soledad de Soledad. Primero la dejó sola con el victimario su madre, empujada por sus propias circunstancias. La dejó sola hace días también, cuando dijo que no la dejaban ver a su hija, “protegida” en un centro al que la trasladaron representantes de la Iglesia Católica. Antes la había dejado sola la Defensoría de la Niñez y la Adolescencia de Santa Cruz cuando defendió la idea de continuar con el embarazo dando la espalda a una sentencia constitucional después de que la víctima había acudido a un centro médico bajo el amparo de la ley boliviana. La dejó sola el hospital Percy Boland cuando abrió sus puertas a representantes de la Iglesia Católica y grupos fundamentalistas para hablar y seguramente presionar a la pequeña y su familia. La dejó sola el Sedes también al callar ante este cruel escenario. Por si fuera poco, la dejaron sola varios periodistas al hacer público el caso ventilando la vida y difundiendo declaraciones de la menor afectando otra vez su dignidad.
Todos podríamos ser capaces de comprender que una niñita violada no puede ser obligada a parir por lo que psicológica y físicamente esta experiencia representa para ella, pero solo las mujeres podemos ponernos en sus zapatos. Mujer adulta, hoy busco volver al recuerdo de mis 11 años. Lectoras mujeres, intentemos viajar a nuestra niñez de 11 años. Desde ese tiempo vivido, desde esa vulnerabilidad, desde esa fragilidad e inocencia conectemos con Soledad de Yapacaní. Desde ahí nos hablará.
El amor por la vida y la solidaridad con ella hacen desear que los fundamentalismos no la obliguen a parir en su niñez. Lo apuntó también la ministra María Nela Prada y lo dijo repetidas veces la defensora del Pueblo, Nadia Cruz. Lo dijo la Comisión Interamericana de Derechos Humanos cuando pidió al Estado boliviano la protección de esta víctima. Tenemos frente a nuestros ojos la tortura de una criatura de once años con el peso de una de ocho. Sin embargo los brazos del famoso Estado Plurinacional (laico y de derecho) no logran abrazarla. Su cuerpo pequeño e inocente es hoy un campo de batalla religiosa y política. Portadas de LA RAZÓN en estos últimos días han informado que la pequeña es nuevamente atendida en un centro médico y es observada por un equipo de especialistas. Queda todavía abierto el final del episodio más doloroso de Soledad. Ana, María, Eugenia, Fabiola… más de 2.600 niñas y adolescentes víctimas de violencia sexual solo en este año. Más de 1.600 menores de 15 años embarazadas en el primer semestre de este 2021. Son miles y están solas como Soledad, de Yapacaní.
Niña, al recordar hoy tus ojos tan fijos en mí, veo el mar, la playa y el sol, horizontes que no conocí. Esta noche tibia de lejos te siento venir. Soy un ave libre que busca tu felicidad. Camba, yo siempre te llevo dentro, porque mi canto y mis versos, siempre te quieren nombrar. Niña, te dejo todos mis sueños. Mi canto reclama tu voz. Mis palabras reclaman tu voz. Niña camba.
Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.






