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Steve Bannon sabe algo

En Politics Is for Power, el libro de 2020 de Eitan Hersh, politólogo de Tufts, retrató con gran nitidez (e intensidad) un día en la vida de muchos sujetos obsesionados con la política. “Actualizo las historias de Twitter para mantenerme al tanto de la crisis política del momento, luego reviso Facebook para leer noticias ciberanzuelo […]

Steve Bannon sabe algo
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Por Ezra Klein
TRIBUNA
La Paz / enero 16, 2022
en Voces

En Politics Is for Power, el libro de 2020 de Eitan Hersh, politólogo de Tufts, retrató con gran nitidez (e intensidad) un día en la vida de muchos sujetos obsesionados con la política.

“Actualizo las historias de Twitter para mantenerme al tanto de la crisis política del momento, luego reviso Facebook para leer noticias ciberanzuelo y en YouTube veo un collage de clips impactantes de la audiencia más reciente ante el Congreso. A continuación, me quejo con mi familia de todo lo que no me gustó de eso que vi.

” En opinión de Hersh, eso no es política. Podría decirse que es una “afición por la política”. “Una tercera parte de los estadounidenses dice que le dedica por lo menos dos horas al día a la política”, escribe. “De estas personas, cuatro de cada cinco afirman que ni un solo minuto de ese tiempo invertido se relaciona con algún tipo de trabajo político real. Solo son noticias televisadas, algunos pódcast, programas de radio, redes sociales y elogios, críticas y quejas compartidas con los amigos y la familia”.

Hersh considera que es posible definir el trabajo político real como la acumulación intencional y estratégica de poder al servicio de un fin determinado. Es acción al servicio del cambio, no información al servicio de la indignación.

Necesitamos un plan B para la democracia. El plan A era aprobar los proyectos de ley H.R. 1 y de Promoción del Derecho al Voto John Lewis. Parece que ninguno de esos proyectos llegará al escritorio del presidente Biden. Si quieren proteger la democracia, los demócratas deben ganar más elecciones. Para lograrlo, necesitan asegurarse de que la derecha trumpista no corrompa la maquinaria electoral local del país.

Algunas personas ya trabajan en el Plan B. Esta semana, le pregunté a Ben Wikler, presidente del Partido Demócrata en Wisconsin, qué se sentía estar en las primeras líneas de defensa de la democracia estadounidense. Me respondió cómo se sentía. Cada día lo consume una tremenda obsesión por las contiendas a las alcaldías de poblados de 20.000 habitantes, porque esos alcaldes se encargan de designar a los secretarios municipales que toman la decisión de retirar los buzones para las boletas enviadas por correo, y pequeños cambios en la administración electoral podrían ser la diferencia entre ganar el escaño del senador Ron Johnson en 2022 (y tener la posibilidad de reformar la democracia) y perder esa contienda y el Senado. Wikler está organizando a voluntarios que se encarguen de centros telefónicos para convencer a personas con fe en la democracia de convertirse en funcionarios municipales de casilla, pues la misión de Steve Bannon ha sido reclutar a personas que no creen en la democracia para que trabajen en casillas municipales.

Tengo que reconocerle esto a la derecha: se fija muy bien dónde radica el poder dentro del sistema estadounidense, algo que la izquierda a veces no hace. Esta táctica, que Bannon designa “estrategia de distrito electoral”, le está funcionando. “De la nada, personas que nunca antes habían mostrado interés alguno en la política partidista comenzaron a comunicarse a las oficinas generales del Partido Republicano local o a asistir en grandes números a las convenciones de condado, dispuestas a servir en un distrito electoral”, según informa ProPublica.

La diferencia entre quienes se organizan a nivel local para moldear la democracia y aquellos que hacen rabietas nada productivas sobre el retroceso democrático me recuerdan aquel adagio sobre la guerra: los aficionados debaten sobre estrategia; los profesionales, sobre logística. Ahora, los trumpistas hablan de logística.

La frustrante estructura política de Estados Unidos crea dos disparidades que fastidian a los posibles defensores de la democracia. La primera es de índole geográfica. El país ataca elecciones celebradas en Georgia y Wisconsin, y si vives en California o Nueva York, te quedas con una sensación de impotencia.

Una queja constante entre quienes trabajan para ganar estos cargos es que los progresistas donan cientos de millones a campañas presidenciales y apuestas improbables contra los republicanos mejor posicionados, mientras que los candidatos locales de todo el país no reciben financiamiento.

La segunda disparidad es de carácter emocional. Si temes que Estados Unidos se esté inclinando hacia el autoritarismo, deberías apoyar a candidatos, organizar campañas y hacer donaciones a causas que directamente se centren en la crisis de la democracia. Por desgracia, pocas elecciones locales se organizan como referendos sobre la gran mentira de Trump. Se concentran en la recolección de basura y regulaciones sobre la emisión de bonos para recaudar dinero, en el control del tráfico, el presupuesto y la respuesta en caso de desastre.

Ezra Klein es columnista de The New York Times.

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