El día de ayer se ha desplegado un capítulo más de una de las tramas más complejas que incesantemente se trata de instalar desde los lados interesados alrededor de la hecatombre política que atravesamos los años 2019 y 2020. No se trata de la primera, ni única, peor última vez que desde los intereses políticos se intenta tergiversar la historia para instalarla a conveniencia, lo único que acaso puede estar ocurriendo quizá tiene que ver con que ahora esto se hace un poco más evidente.
Los complejos hechos políticos que tuvieron lugar en ese tiempo y dejaron gravemente fisuradas a la democracia y la historia boliviana ciertamente deberán, en algún momento, de alguna manera, encontrar la forma de irse en justicia recomponiendo. De forma segura el restablecimiento de estas fisuras no llegará con impunidad ante los hechos a los cuales se vio sometida la ciudadanía en su gran mayoría sea por amenazas civiles, sea por uso indebido de la fuerza estatal. Y seguramente tampoco se recompondrá con venganza absolutista discursiva que recargue la responsabilidad total en el adversario. ¿Nuestra/ esta justicia será capaz de dar esa certeza en este momento crítico en el que se encuentra? Da para dudar. Certeza que emerge, a reserva del debate que pueda haber sobre las ocasiones puntuales en las que la manipulación a la justicia se hace evidente, así como sobre esas ocasiones (con menor cantidad de reflectores) en las que se aprecia un debido proceso.
Al parecer, en clave reconstructiva, tocará encontrar las formas individuales, comunales y sociales mediante las cuales recapitular lo acontecido sea, en algún momento, un ejercicio de memoria responsable y, en consecuencia, útil. Y no solamente un cansino e infértil ejercicio de acusación o de toma de postura a conveniencia. La memoria, bien cultivada, suele ser más sabia y menos calculadora. Y es que pasa, lastimosamente, que dentro de todo lo que se puso en juego durante ese aciago periodo no solo estuvo en carne gran parte de la vida de bolivianas y bolivianos, sino que también estuvieron (en el hoyo) lo que eran nuestros endebles puentes democráticos de tolerancia, convivencia y diálogo con el otro, en pluralidad y diversidad.
Esperar que los juicios instaurados a las autoridades e instituciones que hicieron abandono de cargo, incumplieron funciones, ejercieron desacato y/o transgredieron la Constitución sumiéndonos en el limbo institucional democrático se realicen y lleguen a buen (y justo) puerto pareciera ser como esperar peras del olmo. No obstante, más allá de lo que pueda ocurrir en el ámbito judicial será importante que pongamos un granito de arena desde nosotros a este necesario ejercicio de memoria escudriñando con honestidad propia cuánto de nuestro (no) accionar fue útil a las partes que nos condujeron a tremenda ruptura. Cuánto de aquello que callamos, o de ese linchamiento que aplaudimos. Cuánto de aquello que practicamos sin pensar, a cuántos de aquellos personajes que validamos o encumbramos como fuente o actor y que (ahora se ve) fueron solo un espejismo de oportunismo. Cuánto no dudamos al hostigar a nuestros propios vecinos por su pensamiento político. Cuántas violaciones toleramos y callamos por pensar que era momento de que la balanza se equilibre. Y, si acaso, el ejercicio se hace y funciona. No debiera ser para darle la razón a los unos u otros. Sino porque será la única manera de que desde nosotros/as podamos irle dando algún sentido al repaso y la memoria de todos esos hechos políticos que lo único que nos dejaron fue veneno y distancia para con nuestros/as compatriotas.
Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka.






