Para quienes fuimos escolares en los 70 y 80, el “mapa económico” de Bolivia era una lámina con un collage de los estereotipos del momento: La Paz aparecía siempre con figuras alusivas a la industria —la típica ruedita dentada— y a la minería —el típico casco con linterna—; Oruro y Potosí también con minería y una locomotora, de los tiempos cuando el tren conectaba a los pasajeros del occidente (hoy solo transporta carga); Cochabamba y Chuquisaca con espigas de trigo, Tarija con el infaltable racimo de vid, Santa Cruz, Beni y Pando confundidos en imágenes de vacas, caña de azúcar, arroz y selva. Humanos y humanas pensamos con imágenes, así que esos estereotipos se quedaron fijos —a fuerza de repetirlos— en las cabezas de varias generaciones.
Los últimos datos nos marcan la urgente necesidad de actualizar esas imágenes que se quedaron congeladas en nuestras cabezas. Solo escudriñando el sector de la manufactura, veo que la cantidad de establecimientos manufactureros en Santa Cruz sobrepasa ya a los que existen en La Paz: en 2015, Santa Cruz mostraba 2.350 Pymes y 303 grandes empresas manufactureras, mientras que La Paz tenía 2.067 Pymes y 158 grandes industrias (Datos del SIIP del Ministerio de Desarrollo Productivo). En 2021, el crédito para el sector de manufactura fue de 2.500 millones de dólares para Santa Cruz y 1.200 millones de dólares para La Paz.
En correspondencia, el PIB manufacturero es mayor en Santa Cruz que en La Paz: 1.686 millones de dólares vs. 866 millones de dólares en 2020. Sabemos que esta cifra está sesgada por los derivados de la soya, así que rehago el ejercicio excluyendo manufactura de alimentos de la comparación. El resultado nos arroja un PIB industrial de 821 millones de dólares en Santa Cruz vs. 670 millones de dólares para La Paz.
A esto yo lo veo como el resultado de la “segunda marcha al oriente”. Recordemos que la primera marcha al oriente fue viabilizada gracias al asfaltado de la carretera Cochabamba-Santa Cruz a mediados del siglo XX. La segunda marcha al oriente, a juicio mío, fue viabilizada por la carretera Chimoré-Yapacaní, junto con el Proyecto “Tierras Bajas del Este”, que impulsaron la actividad económica y la exportación de soya.
De una manera poco estruendosa y más bien discreta, muchas empresas se están trasladando de La Paz y Cochabamba, a Santa Cruz. Si bien esto no siempre implica un cambio de domicilio legal ni el desmantelamiento de las plantas productivas en occidente, la nueva infraestructura, más grande y más moderna, se instala en Santa Cruz y todo el plantel de la alta gerencia se traslada físicamente hacia allá.
Los grandes proyectos carreteros y económicos que ya mencioné arriba sin duda fueron detonantes para esta segunda marcha al oriente. Luego, la infraestructura urbana, la disponibilidad de terrenos, la facilidad para hacer trámites (por sorprendente que parezca, conociendo al funcionario de ventanillas boliviano) e incluso las condiciones físico-químicas que optimizan el rendimiento de la maquinaria en territorios de menor altura sobre el nivel del mar, se reforzaron en una lógica de causación circular acumulativa que alimenta un entorno empresarial que no se ve en La Paz (o en otras ciudades del país).
Pero el entorno no es solo la infraestructura, sino también la cultura. Año tras año las autoridades e instituciones cruceñas aprovechan cuanta ocasión encuentran para reforzar la tradición cruceña, mediante festivales y eventos. La feria de Santa Cruz es la vitrina donde ninguna empresa que se precie puede dejar de estar.
Entonces, qué pasa con toda la población “colla” que migra allá? En parte, constituyen sus propios núcleos culturales —la entrada paceña en el cambódromo es ya una tradición, solo interrumpida por la pandemia—. Pero otra parte de migrantes simplemente se asimilan.
De esta manera, estamos ante un momento histórico de reconfiguración de élites. En el pasado reciente, se hablaba mucho de las disputas entre la élites regionales “cambas” y “collas”. El traslado de población y de actividad económica implica también un traslado de élites. Las generaciones actuales están ya presenciando el entrelazamiento familiar de dichas élites — que corresponde, por supuesto con el entrelazamiento familiar entre collas y cambas en todos los demás estratos socioeconómicos—. Es un dato interesante para dejar de leer al país con los lentes de 1980.
Pablo Rossell Arce es economista.







