En 1979 explotó el reactor nuclear de Pensilvania, el mayor accidente nuclear de la historia de Estados Unidos y el tercero en envergadura, después de Chernóbil (ex URSS) y Fukushima (Japón). Ante este evento desastroso, el sociólogo Charles Perrow acuñó la categoría de accidentes normales. Para Perrow, “los sistemas modernos están compuestos de innumerables partes y piezas, todas las cuales se interrelacionan de tantos modos que es imposible preverlos todos”. En consecuencia, las tecnologías que implican alto riesgo hacen previsible e inevitable acontecimientos disruptivos de gran envergadura como la explosión de Three Mile Island en Pensilvania.
Los accidentes normales, también llamados por Perrow accidentes sistémicos, no son en sí normales porque sean la norma, sino porque son inherentes a un sistema complejo. “La muerte es lo normal de los mortales —dice Perrow— y solo morimos una vez. Los accidentes sistémicos son infrecuentes, raros incluso, pero eso no es en absoluto tranquilizador cuando pueden provocar catástrofes”. Dicho de otro modo, estos accidentes no son producto de un error humano, de un sabotaje o de un comportamiento negligente, sino que son previsibles porque existen en potencia, en virtualidad, en la productividad misma del sistema, pese a que humanamente intentemos que no sucedan sucederán.
Con la categoría de accidentes normales de Perrow se abre una nueva época que el filósofo Peter Sloterdijk ha calificado de tecnoceno, como una declinación del llamado antropoceno. En el antropoceno el ser humano fue capaz de afectar de modo material el planeta, en particular a momento de liberar la energía nuclear. En el tecnoceno el despliegue técnico ha desplazado el rol central del ser humano, y éste se ha convertido en efecto colateral de lo que la tecnología y su despliegue sistémico puede realizar, por ello los accidentes normales son previsibles, pero imposibles de controlar.
Ahora, junto con el despliegue tecnológico, se encuentra el desarrollo en el mundo de un complejo sistema capitalista, el cual también está compuesto de innumerables partes y piezas, que se pueden interrelacionar de tan diversos modos posibles que es imposible prever todos sus efectos, haciendo inevitable que algunas combinaciones de fracasos menores acaben ascendiendo a algo catastrófico. Jason Moore señala que junto al tecnoceno hay un capitalceno, que ha desplazado el rol del ser humano, haciéndolo solo una parte que recibe los efectos perversos del sistema sin que pueda intervenir en él.
Así, las crisis económicas, las guerras e incluso la pandemia del coronavirus, son parte de estos accidentes normales de la nueva escala abierta por el tecnoceno y el capitalceno. Tal vez allí encontremos las respuestas a lo que hoy nos preocupa en el mundo.
Farit Rojas T. es abogado y filósofo.







