A los problemas ocasionados por el COVID-19 en el comercio internacional, con la ruptura de cadenas de abastecimiento y el consecuente desabastecimiento de artículos clave a nivel mundial, con el añadido de la crisis de los contenedores y el desbarajuste en el transporte naviero, se añaden los efectos de la reciente crisis por la invasión rusa de Ucrania, que tuvo efectos inmediatos en los precios de los commodities alimenticios, el petróleo y los minerales, generando presiones inflacionarias.
Luego de la irrupción del COVID-19, la consecuencia inmediata fue la disminución del comercio mundial. Este fenómeno se prolongará como consecuencia de la guerra en Ucrania. No es de extrañar, por lo tanto, que esta secuela de crisis termine modificando los patrones de comercio a nivel mundial. La primera consecuencia obvia es la búsqueda de sustitutos de la masiva oferta de bienes primarios que Rusia y Ucrania proveían, especialmente a Europa.
Europa no puede prescindir del gas ruso de la noche a la mañana. Eventualmente aparecerán otros oferentes y, aunque ese proceso tome años, los países europeos asumirán ese esfuerzo para diversificar sus proveedores — y los riesgos—. Siendo Rusia el tercer exportador mundial de petróleo, su oferta se ha visto significativamente afectada por la guerra y por las sanciones comerciales. El acercamiento de Estados Unidos con Maduro en Venezuela marca otra pauta de cambio de estructuras que se prevé sea de mediano plazo.
La tendencia hacia la recomposición de las cadenas globales de valor y hacia un nuevo tipo de regionalismo que todavía es embrionario, se acentuará en los próximos años, cuando se materialicen los efectos de largo plazo de las crisis que le tocó vivir a nuestro planeta.
Bolivia estaba experimentando modificaciones todavía marginales, pero notorias en la estructura de los países de origen de sus importaciones; si bien nuestros tres principales proveedores —China, Brasil y Argentina— continúan proporcionando alrededor del 50% de nuestras importaciones, se notan algunos cambios en el ranking de los primeros 10 proveedores de Bolivia: por ejemplo, los Estados Unidos pasaron de ser el cuarto proveedor de importaciones, al sexto lugar entre 2018 y 2021; Perú subió en el ranking del 5º lugar al 4º lugar, en el mismo periodo. Colombia subió del puesto 14 al 10 y Chile, del puesto 6 al 5.
Las proporciones en las que los países latinoamericanos ganan peso como proveedores de nuestras importaciones todavía no parecen espectaculares —hablamos de, a lo sumo, incrementos de un punto porcentual en el total—. Pero mi apuesta es que el comercio intrarregional será paulatinamente más importante para nuestro país.
El detalle específico de los productos que importamos —pero también de los que exportamos— nos dará la primera pista acerca del potencial de articulación de nuestro comercio con el resto de la región —ésta parece ser una línea prometedora de análisis—.
La capacidad de aprovechar ese potencial depende de una serie de factores que determinan nuestro nivel de preparación para ensanchar nuestra presencia en las cadenas regionales de integración: para empezar, los marcos institucionales y la arquitectura de los acuerdos interestatales; las modalidades de negociación comercial, nuestras habilidades y destrezas para valorizar nuestro potencial productivo y el grado de sintonía de la cultura empresarial entre los actores locales y sus contrapartes latinoamericanas, entre otros elementos, son espacios en los que podemos movernos con mayor flexibilidad y rapidez para lograr resultados positivos.
La reconfiguración del comercio internacional y regional se va a dar, estemos o no preparados para participar de ella y Latinoamérica seguirá esa tendencia, con sus particularidades, independientemente de que nos posicionemos en esa megatendencia o no. Entonces suena sensato comprender y participar de estas tendencias.
Esto implica nuevos análisis de potencialidades, nuevos espacios de integración de actividades productivas regionales, nuevos foros de discusión intergubernamentales y público/privados. No nos vamos a hacer cargo de la transformación de toda la matriz insumo-producto de América Latina. Es suficiente —como alguna vez me dijo una sabia mujer— con que empecemos con una sola línea productiva.
Pablo Rossell Arce es economista.







