El filósofo esloveno Slavoj Zizek, en un breve ensayo titulado Lacan contra el complot de la CIA, narra una situación cómica, pero a la vez trágica, que ejemplifica en esencia lo que podríamos llamar «la puesta en práctica de un gran complot».
En plena guerra fría el director de contrainteligencia de la CIA, James Jesús Angleton, se dio la tarea de desenterrar topos o agentes encubiertos en los altos niveles de la CIA. Al director Angleton le metieron en la cabeza que la agencia de inteligencia rusa —KGB— estaba llevando a cabo una confabulación gigantesca urdida bajo la premisa de introducir una organización dentro de la misma organización cuyo objetivo era destruir la organización. Si en la CIA era posible introducir un conjunto de agentes encubiertos, la KGB podría controlar a la CIA, de esta manera se empezaría a destruir la red de inteligencia de occidente. Angleton era paranoico, y al parecer, un adicto a las teorías de la conspiración, entonces se tomó en serio la existencia de esta confabulación y empezó a separar de la CIA a todos los que alguna vez fueron dobles agentes de la CIA en la KGB, pero que obviamente trabajaban para la CIA, luego continuó con aquellos que le parecían sospechosos y continuó con los que le parecían algo sospechosos. El resultado fue que a comienzos de los años 70 la CIA empezó a paralizarse por completo, pues todos eran sospechosos de participar en un gran complot de la KGB.
Clare Petty, uno de los oficiales de más alto rango y mano derecha de Angleton, llevó la paranoia al extremo, al punto de preguntarse si el mismo Angleton no era el topo, pues efectivamente se había paralizado exitosamente a la CIA, y un hilo de desconfianza empezaba a desmoronarla.
El gran complot de la KGB, entonces, era real, y consistía en el mismo proceso de poner en juego la idea de un gran complot y de esa manera ir destruyendo lentamente a la CIA. El gran complot era la creencia en el gran complot, y sí, claro que sí, existía un topo dentro de la CIA y era el mismo Angleton, solo que parece que él no lo sabía.
Zizek nos dice que en el caso del gran complot «el engaño reside en nuestro error de no incluir en la lista de sospechosos la propia idea de sospecha (generalizada)». Obviamente, el gran complot no funciona si no tenemos dentro de la organización a un incondicional fan de las teorías de la conspiración, que crea en todo momento de que alguien está conspirando, o de que alguna fuerza extraña y oscura está presente.
Muchas fuerzas, movimientos y partidos políticos pueden paralizarse y hasta resquebrajarse, con la puesta en práctica del gran complot, solo se precisa que en la organización se introduzca la desconfianza y se elija a algunos líderes paranoicos asesorados por fanáticos de las teorías de la conspiración.
Farit Rojas T. es abogado y filósofo.







