Para meter mi cuchara en el debate acerca del mestizaje en Bolivia me pareció adecuado usar el título del célebre ensayo de Guillermo Nugent sobre el mestizaje en Perú —a su vez una paráfrasis de El Laberinto de la Soledad, célebre libro de Octavio Paz sobre el mestizaje en México.
Y es que el debate sobre el mestizaje no es nuevo, ni en Bolivia ni en ningún otro país latinoamericano. Desde la independencia de nuestros Estados “el problema del indio” o “la cuestión negra” fueron asuntos debatidos con fiereza en círculos académicos y políticos. Los intelectuales del siglo XIX y principios del XX no se ponían de acuerdo acerca de la posibilidad real de integrar a indígenas y negros en el proyecto nacional. Las diferentes “soluciones” planteadas a ese debate están representadas en novelas, obras de teatro y películas silentes o sonoras de la época.
En países donde el componente indígena era muy minoritario, como Argentina, Chile o Uruguay, establecer una identidad blanqueada como molde requería exterminar a los indígenas que quedaban. Eso se logró primero masacrando a los indígenas que quedaban en campañas de exterminio y esclavización como la de 1879 en las Pampas o la de 1886 en Tierra del Fuego, y luego eliminando su existencia de la memoria histórica. En Chile el proceso de eliminación física o cultural de los mapuche, por ejemplo, sigue en curso.
En países donde los indígenas o negros eran muchos como para ser exterminados, como en Brasil o México, la estrategia fue más bien generar un blanqueamiento por la vía de la mezcla. Mientras más se cruzaran los grupos por matrimonios o violaciones, podía esperarse que poco a poco los genes indios o africanos se fueran “limpiando” por contacto con los genes “superiores” de los blancos. Esta idea de “mejorar la raza” se profundiza al incentivar a lo largo del siglo XX migraciones europeas, a la vez que se llevan a cabo campañas de educación en territorios indígenas con el objetivo de ir eliminando las costumbres “atrasadas” y enseñando español a los niños. Se crea así en México, por ejemplo, el ideal nacional del “mestizo cósmico”: un mexicano superior, que nace con las mejores cualidades de indígenas y de blancos.
Pero en países con mayoría indígena como Perú o Bolivia, la mezcla podía traer la consecuencia de “oscurecer” la raza en lugar de blanquearla. Por eso en las representaciones culturales y la vida cotidiana, lejos de incentivar los matrimonios entre grupos sociales distintos, se generó un horror al mestizaje que queda magistralmente ilustrado en ese manual del racismo nacional llamado Pueblo Enfermo, de Alcides Arguedas. Para ese ensayo (que todavía muchos intelectuales de derecha citan como válido) el blanco y el indio bolivianos son seres que, si bien tienen defectos, pueden aún ser salvables si se mantienen cada cual en su espacio y rol determinados. Pero todos los males que aquejan a nuestra Patria, según Arguedas, devienen de la presencia de la mezcla llamada cholo o mestizo, que concentra en sí (en perfecto opuesto al modelo mexicano) las peores cualidades de indígenas y blancos.
Dados estos antecedentes, resulta interesante que la derecha de hoy se rasgue las vestiduras por el supuesto “ninguneo” al que serán sometidos en el Censo al obligarlos a marcar “Ninguno” como respuesta a la pregunta referida al autorreconocimiento étnico. Insisten en que en lugar de “Ninguno” se añada a la boleta la categoría de “Mestizo”.
La palabra Mestizo es problemática debido a que implica una mezcla racial que, como expliqué antes, es una categoría decimonónica de clasificación, largamente desechada por la ciencia contemporánea. En la especie humana no existen “razas” que se puedan blanquear, oscurecer, mejorar o empeorar por la vía del mestizaje. Lo que existen son experiencias, culturas y jerarquías que se mezclan y enriquecen de manera continua y que en el contexto boliviano son mejor representadas por la expresión “choledad” que por “mestizaje”. Propongo entonces una solución salomónica: pongamos en la boleta la respuesta “Cholo/a” como alternativa a “Ninguno”. Y veamos qué pasa.
Verónica Córdova es cineasta.







