Varios países del mundo y algunos de la región han empezado a medir el porcentaje del PIB que ocupa la economía del cuidado. Esto básicamente es contabilizar, a partir del uso del tiempo, cuánto aportan las mujeres desde los hogares a la economía nacional. En Bolivia todavía no sabemos cuánto significa en números fríos el trabajo del cuidado para el PIB.
La reproducción de la vida tiene en los hogares a uno de sus sitios privilegiados. Se gesta, se nace, se piensa, se alimenta, se sanan enfermedades y se soportan emociones al interior de los hogares. Pero todo esto que parece muy obvio casi nunca se lo piensa en el marco de la economía. A cambio, la preferencia generalizada de la sociedad es a hablar de la abnegación de las madres, sobre quienes recae todo el trabajo que implica lo anteriormente mencionado. Deliberadamente el sistema encubre el trabajo de las mujeres en los hogares, mismo que suele ser de doble jornada: trabajo en casa no remunerado y trabajo fuera de casa injustamente remunerado.
Así, se celebró un 27 de mayo más con horas cívicas, tarjetas, flores y chocolates. Tampoco se han dejado extrañar las salutaciones de las autoridades y de las empresas privadas. Sin embargo, no se ha anunciado ninguna mejora a la normativa o a las políticas públicas que protegen los derechos de las madres bolivianas.
Existen muchos pendientes, muchas insuficiencias y muchos otros vacíos en lo que respecta a la garantía de los derechos de las mujeres madres. La mortalidad materna, que indudablemente ha sido combatida con éxito en los últimos años, sigue registrando números alarmantes. La falta de seguridad social para las mujeres madres que laboran en el ámbito informal es apabullante, a pesar de que el Sistema Único de Salud (SUS) ha llenado algunos vacíos. El incumplimiento casi absoluto de la Ley de Fomento a Lactancia Materna deviene en una serie de problemas tanto de salud como económicos para las mujeres madres. Estos son solo algunos de los varios puntos críticos.
Los permisos de maternidad y de paternidad que rigen en Bolivia hoy mismo corresponden a paradigmas añejos ya superados por caducidad. El hecho de que la norma indique que el padre goza de un permiso de tres días posnacimiento de su descendiente, mientras que la madre obtenga 45, demuestra que el esquema es inequitativo. Es más, demuestra que el patrón social todavía ordena que la crianza es un asunto de las madres.
Maternar es el trabajo que exige mayor dedicación y, tristemente, ni siquiera es reconocido como un trabajo por la sociedad. Las condiciones para conciliar el trabajo materno con los proyectos personales son ciertamente precarias por no decir inexistentes. La sociedad boliviana no es solidaria ni soporta a las mujeres madres. Cuando los empresarios reclaman mejores condiciones para sus inversiones, el Estado las garantiza. Cuando los trabajadores reclaman mejores condiciones para ellos, el Estado las garantiza. Cuando un bosque clama auxilio por un incendio, el Estado actúa. ¿Si las madres reclamamos mejores condiciones para maternar, actuará el Estado?
Ojalá estemos cada vez más cerca del tiempo en el que caminar por las calles con un bebé de brazos provoque que la gente ceda el paso en lugar del empujón. Ojalá el transporte público aprenda a priorizar el cuidado y la seguridad de las madres que viajan con sus hijos, determinando la cesión de asientos o las paradas tolerantes y cautelosas. Ojalá la sociedad boliviana caiga pronto en cuenta del valor real y no solo simbólico de las mujeres madres.
Valeria Silva Guzmán es mamá feminista. Twitter: @ValeQinaya.







