“Al campeón no se lo discute”, sugería don Américo Barrios, ilustre director del diario Crónica durante décadas. Habían mandado un cronista a Montevideo a cubrir la final Racing-Celtic. Ganó Racing, pero al joven no le agradó y mandó la nota diciendo lo que vio: que Racing lo había molido a patadas al equipo escocés. Le cambiaron el comentario y cuando, encolerizado, preguntó por qué, don Américo le respondió aquello. “El campeón siempre es el mejor”, proclama un axioma futbolero. Y queremos ajustarnos a ambos preceptos, pero cuesta. El Real Madrid es otra vez campeón de Europa… sin ser el mejor de Europa. Como en todos sus cruces anteriores, fue menos futbolísticamente que su rival y se las ingenió para superarlo. El arquero rival nunca tocó la pelota por remates madridistas, y el propio fue el héroe de la tarde parisina. Tuvo menos la pelota y no generó situaciones de riesgo, pero supo hacer un gol y defenderlo. Con alma, con determinación, con suerte, con aguante, con lo que marca ese escudo glorioso y con algunas actuaciones sensacionales como la del portero belga Thibaut Courtois, hoy el verdadero número uno del universo, que ha sido la estrella de esta Champions junto a Benzema.
El Madrid de los milagros enhebra su decimocuarta Copa de Europa cuando, a comienzos del torneo, nadie daba nada por su suerte. Manchester City, Liverpool, Bayern Munich, Paris Saint Germain, el mismo Chelsea, muchos prometían acariciar la corona antes que el equipo blanco, pero otra vez la mística y el corazón madridista pudieron más que el fútbol mejor elaborado de los adversarios. Y aunque el Liverpool haya llegado en proporción de diez a uno al arco contrario, cuesta decir que no es un buen campeón. Gana por grandeza, por el respeto temible que esa camiseta impone, por la confianza extrema de sus jugadores que, pase lo que pase, se sienten seguros de salir adelante vencedores. Y así fue una vez más.
El machacar incesante del Liverpool durante al menos 75 minutos encumbró a varios hombres blancos a un altar: Courtois, dijimos, con al menos una docena de intervenciones notables, salvadoras, providenciales. Saca las que van adentro. Carvajal se tragó la cancha, el mejor valor de campo del campeón. Como lateral, un guardián impasable, se comió a Luis Díaz y tuvo una participación decisiva en el arranque de la jugada del gol de Vinicius, pero luego fue un titán defendiendo, hasta de arriba, siendo que es de corta estatura. Monstruosa actuación la suya. El uruguayo Valverde, con su tranco largo y criterioso y su afable relación con la pelota. Esta vez fue el mejor del cuadrado mágico del mediocampo y fabricó el gol haciendo un pase cruzado completamente inesperado para la defensa liverpooliana. Pase que empujó al gol y a la historia Vinicius, otro que, sin brillar, aportó su proverbial entusiasmo. Mención especial para Militão, fantástico zaguero brasileño, físicamente fabuloso por velocidad, energía, elasticidad. Y con la determinación de los grandes defensas de todos los tiempos. Siempre aparece su pierna para cortar el disparo de gol del adversario. Indispensable para un equipo que se defiende tanto.
El grado de implicación y entrega de los jugadores del Real Madrid es memorable, lo que habla maravillas de su entrenador Carlo Ancelotti, quien embolsa su cuarta Copa de Europa. Ancelotti es demeritado a través de un elogio: “Maneja bien el vestuario”, dicen. Como si no fuese una virtud y no tuviese una táctica o no trabajara. Sus equipos ganan porque elige a los mejores once, los para en el lugar adecuado y exprime lo mejor de cada uno. O sea, la función esencial del técnico. Aparte, reveló inteligencia: puso a Valverde bien pegado a la raya derecha y anuló a esa fiera que es Andy Robertson, el cual sube cien veces por partido y es un arma letal para Klopp.
Fue una final vibrante, hermosa. Los partidos no pueden terminar todos 5 a 4. La tensión también es belleza. Este es el máximo partido que el fútbol mundial puede ofrecer hoy. No hay más que esto. Cualquiera sea la final del Mundial en Catar el 18 de diciembre, no podrá igualar este nivel de prestación individual ni colectivo. Liverpool y Real Madrid tienen veinte internacionales cada uno, que en fechas FIFA representan a diferentes selecciones, pero ninguna selección posee veinte jugadores en el Madrid o en el Liverpool. Y ningún equipo nacional puede llegar a una definición con el grado de preparación de estos equipos, que llevan años de ensayos y entendimiento. Por eso, para muchos analistas, si bien la Copa del Mundo otorga un reconocimiento eterno, la Champions la supera en calidad futbolística. Son partidos que no toleran equivocaciones. Si no, que lo diga Donnarumma…
Liverpool llegó a la final con números superiores: 86,11% de rendimiento en Champions frente a al 66,67% del Madrid, con más victorias (10 a 8), una sola derrota contra cuatro, más goles a favor, menos en contra. Aunque el camino del club blanco fue más difícil: debió dejar atrás al PSG, el Chelsea y el Manchester City, tres posibles finalistas. Por ello no entendimos el alto favoritismo del equipo inglés en las casas de apuestas europeas, que daban en promedio 1,57 euros por un triunfo Red contra 2,40 por uno del madrileño.
En cambio el desarrollo del juego y el superior funcionamiento de los de Klopp sí justificó luego la amplia diferencia en las apuestas. Sólo hubo un lapso, los últimos quince minutos del primer tiempo, en que amainó la presión y la tenencia del Liverpool y tuvo mayor incidencia el mediocampo español, siempre liderado por la sabiduría de Modric, ayudado por el tranco largo de Valverde, las subidas de Carvajal y el peligro que genera Benzema. Pelota que toca el 9 francés siembra el pánico entre los rivales, pese a que esta vez no lució como en otras noches triunfales.
Liverpool más seguro con la pelota y dominando claramente, buscando los huecos por donde filtrar el pase o la internada individual. El Madrid, acostumbrado a tener menos la bola, tranquilo y agazapado, decididamente volcado a la contra, lo que mejor le calza. El dominio tuvo su primera aproximación seria a los 16 minutos: fantástico desborde de Alexander Arnold por derecha, centro bajo, remate de Salah y Courtois que empezaba a ser figura, como es habitual, tapando abajo con esfuerzo. Y a los 20’, cuando la superioridad de los rojos era ostensible, un bombazo de Mané fue conjurado a medias por el arquero belga, el esférico dio en el palo, coqueteó cerca de la raya y le volvió a las manos al uno. Esa sería la tónica que marcaría toda la final.
El insospechado gol madridista (nada lo hacía preveer) llegó al minuto 58 con 12 segundos, en lo que fue la más precisa -y preciosa- maniobra conjunta de los madrileños. Una salida limpia y bien jugada del fondo a cargo de Carvajal, combinó con Casemiro, abrió a la derecha para Valverde, sacó un potente centro cruzado y bajo que superó a toda la defensa inglesa y le cayó servida a Vinicius, que, sin oposición de nadie, la mandó a las mallas. Gol para la eternidad del puntero carioca.
A partir de allí hubo 37 minutos más y el Liverpool agudizó su dominio, se transformó en un vendaval, especialmente por el lado de Salah. El egipcio una vez más no tuvo suerte ante un Real Madrid que se refugió a cuidar el gol, porque sabía que con ese ya estaba. Uno, dos, cinco, ocho ataques con olor a gol en el arco del gigante belga, pero siempre ganó Courtois o apareció una pierna para rebotarla o echarla al córner. También es cierto que le faltaron luces al Liverpool para provocar un mano a mano, un pase-gol o una gambeta decisiva en el área. Debía ser la función consagratoria de Luis Díaz, sin embargo, esta vez no anduvo bien y fue devorado por Carvajal, siendo el primer reemplazado por Klopp. Hubo una actuación deslumbrante del joven Konaté, y también de Alexander Arnold, pero hacía falta talento arriba, un 10 que abriera la lata en un rapto genial. No se puede reprochar nada el Liverpool, cayó dando hasta la última gota de sudor y de sangre. Pero contra el Madrid no alcanza.
Catorce copas de Europa… ¡Qué mérito…! ¡Qué grandeza…! Eso sí que no se discute.







