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El valor (económico) de las creencias colectivas

Qué tal si le damos una vuelta a la idea de que nuestra prosperidad depende (al menos) parcialmente de nuestros pensamientos colectivos. El sentido común imperante es una masa gelatinosa llena de frases comunes, creencias colectivas, verdades compartidas, prejuicios populares y todo un conjunto de ideas repetidas colectivamente hasta que se hacen carne. La cultura, […]

ORDEN CAÓTICO
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Por Pablo Rossell Arce
ORDEN CAÓTICO
La Paz / junio 13, 2022
en Voces

Qué tal si le damos una vuelta a la idea de que nuestra prosperidad depende (al menos) parcialmente de nuestros pensamientos colectivos. El sentido común imperante es una masa gelatinosa llena de frases comunes, creencias colectivas, verdades compartidas, prejuicios populares y todo un conjunto de ideas repetidas colectivamente hasta que se hacen carne. La cultura, pues.

Es aquello que hace que un hincha de la selección boliviana que vive en Porvenir sienta, efectivamente sienta, una opresión en el pecho cada vez que el equipo de sus amores pierde un partido (con una constancia digna de mejor propósito). Ese mismo y descorazonado hincha se siente tan boliviano como aquella joven que vive en Villazón y ambos comparten emociones similares al ver la bandera, el mapa, al cantar el himno.

Boliviano (o boliviana) que se respeta debería poder concluir mentalmente estas frases (mantras) sin necesidad de pensarlas: El mar nos pertenece por derecho, recuperarlo… Viva mi patria Bolivia, una… Bo-bo-bo-li-li-li…

Ya Anderson nos contaba las mil y una formas en las que una nación era una comunidad imaginada. La abstracción mental mediante la cual una persona se siente parte de la misma patria que otra persona no es nada más ni nada menos que el uso creativo de nuestras facultades mentales para situarnos dentro del mismo mapa y creernos parte de la misma colectividad a lo largo de los 1.098.541 kilómetros cuadrados de nuestro territorio, máxime si no existe ninguna presencia de las fuerzas de seguridad del Estado, que están llamadas a convencernos a la mala de qué lado de la frontera tenemos que estar.

De la misma forma en la que nuestras facultades mentales nos permiten construir la abstracción de un país en la cabeza, pueden determinar (al menos parcialmente) fenómenos económicos de gran magnitud. La importancia de las historias económicas como fuente de explicación de los fenómenos en el área fue escudriñada en 2019 por Robert Shiller en su libro Narrativas Económicas.

Shiller nos cuenta que, más allá de lo que quieran mostrarnos con números y estadísticas, todos los fenómenos económicos —todos— son fruto de decisiones humanas, no del aleatorio movimiento de una cantidad creciente de variables que se mueven al son de “elegantes” modelos econométricos.

Picos y crisis en las bolsas de valores pueden —según Shiller— encontrar explicaciones en las “historias populares” —argumentos cortos, “sensatos” y repetidos colectivamente (como mantras)—.

El ejemplo del Bitcoin, nos dice Shiller, es ilustrativo para entender este fenómeno. La idea del Bitcoin fue introducida por un misterioso personaje (¿colectivo?) bajo el nombre de Satoshi Nakamoto en 2008. Estructurado como un complejo conjunto de fórmulas matemáticas, tuvo un gran impacto y logró una aceptación creciente de individuos y, desde hace algunos años, grandes fondos financieros, e individuos que están invirtiendo dinero en lo que los fans de la criptomoneda llaman “el dinero del futuro”.

En los hechos, nos recuerda Shiller, hay muy poca gente que entienda toda la lógica matemática detrás del Bitcoin. La creciente aceptación y el valor de su capitalización de mercado está esencialmente basada en su confiabilidad, que a su vez es producto de la penetración de la creencia colectiva de ser “el dinero del futuro” y de ser una moneda “totalmente descentralizada”. La valuación de mercado del Bitcoin, décima en el mundo, supera a la de Meta (Facebook), Samsung y Coca-Cola.

En Bolivia, siempre hemos repetido la idea del mendigo sentado sobre una silla de oro. Hasta donde yo sé, nadie ha intentado contarnos una historia alternativa… Qué se yo, la de una ingeniera sentada sobre una silla de oro o algo así. Al menos la ingeniera tendría un par de ideas de qué hacer con su tesoro.

Gracias al hecho de proceder de una familia transdepartamental, tuve la ocasión de conocer con alguna profundidad las particularidades culturales que distinguen a La Paz y a Santa Cruz. Debo decir que, en gran parte, la historia de que el paceño te dice que “está bien nomás” cuando está nadando en plata, mientras que el camba pregona prosperidad aunque su apalancamiento esté en el borde de lo insostenible, es bastante frecuente. Sin negar que existen muchos casos que contradicen ese sentido común, los patrones de comportamiento (cultura) son bien marcados.

Al salir de una crisis, puede que sea hasta saludable ver el futuro con optimismo, como dijo la casera de un puesto de las 7 calles al ser preguntada por mi madre acerca del impacto de la pandemia en su negocio: “Santa Cruz se levanta rápido”.

Pablo Rossell Arce es economista.

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