Con la reafirmación del retorno de la vuelta del progresismo al poder en América Latina, volvió el debate sobre la viabilidad del progresismo —tipología más amplia que del clivaje izquierda/derecha— en el campo político latinoamericano. Desde una mirada analítica, el progresismo se plasma en dos acontecimientos políticos: la movilización del bloque nacional-popular y las urnas, ambos complementarios.
Últimamente se dieron dos acontecimientos de una gran envergadura política: la movilización indígena en Ecuador que está poniendo en vilo al gobierno conservador de Guillermo Lasso y el performance electoral del progresismo en Colombia con el triunfo del binomio Gustavo Petro-Francia Márquez que marca un histórico giro político.
Estos acontecimientos políticos en la región andina dan cuenta de la vigorosidad del progresismo. Las movilizaciones del bloque nacional-popular, muchas veces lideradas por el movimiento indígena como ocurre actualmente en Ecuador, interpela a gobiernos conservadores y evidencia que este tipo de gobiernos por su naturaleza ideológica son incapaces de satisfacer las demandas de los sectores populares provocando estallidos sociales.
Entonces, frente a la incapacidad de procesar las demandas populares, los gobiernos conservadores, es el caso del ecuatoriano presidido por Lasso, sacan su rostro más infame: la represión o las masacres. En esa obcecada forma de administrar los conflictos adoptada por estos gobiernos conservadores, generan, a la vez, el incremento del malestar social y, como consecuencia de este fenómeno, la deslegitimación no solamente de este gobierno, sino del bloque conservador.
Un rasgo, además, de estas movilizaciones del bloque nacional- popular, a pesar de que muchas son insurreccionales, es su horizonte democrático, es decir, son movilizaciones que apuntan a la institucionalidad para el procesamiento de sus demandas; por lo tanto, no tienen afanes rupturistas como ocurrió, por ejemplo, con las acciones colectivas de los sectores conservadores que, luego, desembocaron en una salida golpista (vrg. las movilizaciones de noviembre de 2019 en Bolivia).
Obviamente, las movilizaciones del bloque nacional-popular perforan la legitimidad de los gobiernos conservadores que, luego, abonan las condiciones necesarias para que las propuestas de las corrientes progresistas se encaminen hacia victorias electorales. Entonces, estas movilizaciones son una variable explicativa para comprender la presencia del progresismo en los diferentes gobiernos latinoamericanos.
Desde ya, la presencia de muchos de los gobernantes de cuño progresista es resultado de las convulsiones sociales que están conmoviendo a la región. Esta agitación social permanente del bloque nacional-popular en la región es parte constitutiva de este fenómeno que varios analistas políticos han denominado el “progresismo latinoamericano”.
Aquí estriba la relevancia política de las acciones colectivas que consolida el progresismo en la región. Efectivamente, el progresismo encarna las aspiraciones de los sectores populares, mientras los sectores conservadores responden a intereses de los sectores oligárquicos. Entonces, el mejor espacio democrático para dirimir esta tensión entre lo nacional-popular y los sectores conservadores —dicho sea, al pasar polarizan no solamente el campo político, sino a toda la sociedad— es el espacio electoral. Allí, la hegemonía del progresismo —a pesar de que los boletajes tienden a polarizar— es el corolario democrático de la fuerza movilizadora del bloque nacional-popular.
Yuri Tórrez es sociólogo.







