El desarrollo del internet ha llevado a la automatización y la informatización de la vida y de las actividades cotidianas a niveles que hace pocos años eran apenas sueños que habitaban en las mentes más imaginativas.
Recuerdo vívidamente, hace unos 30 años, cuando los sistemas de sonido soundblaster le añadían espectacularidad a los juegos por computadora que circulaban en ese entonces, con figuras animadas vistosas y coloridas, pero de una calidad muy distante a la de hoy, que un amigo especialista en estos temas me dijo que “el multimedia todavía está en pañales”.
Unos años después, un reportaje de televisión mostraba cómo en “el futuro” se generarían personajes computarizados a los que incluso se les vería el detalle de las hebras del cabello. Ese “futuro” llegó hace años y actualmente ya no son tan comunes los personajes de dibujos animados “bidimensionales” de mi infancia; ahora son figuras impresionantemente realistas.
Pero más allá de los avances en efectos visuales y auditivos, me interesa dedicar lo que queda de mi columna a los avances en inteligencia artificial y cómo ésta puede introducirse en distintas facetas de la vida cotidiana.
Por ejemplo, para las primeras fases del negocio existen sitios web con aplicaciones de inteligencia artificial (IA) que ayudan a diseñar el logotipo y la imagen de marca de un emprendimiento. Más adelante, cuando la clientela crezca, también se puede acudir a herramientas de IA para gestión de atención de clientes. Incluso se cuenta con herramientas de IA para la gestión de compras del negocio.
Si el negocio ya cuenta con presencia en las redes sociales, hay herramientas de IA para medir el impacto “emocional” de los contenidos posteados. Y si se trata de hablar de presencia en las calles, se ha desarrollado deep fake —simulaciones de rostros humanos que generan expresiones diseñadas científicamente para captar la atención de la gente y contar con más altas probabilidades de que lean los anuncios.
Muchos de estos desarrollos todavía no están presentes de manera masiva, pero ya van marcándose algunas tendencias del uso de estas herramientas, especialmente en el marketing.
Para estudiantes hay todo un abanico de herramientas, desde las que colaboran para preparar textos y ensayos más creativos, pasando por aquellas que generan imágenes y animaciones basadas en simples descripciones escritas, hasta las que realizan transcripciones de las grabaciones de las clases, para quienes tienen flojera de teclear.
La medicina y la telemedicina ya cuentan con herramientas de IA que colaboran en el diagnóstico por imágenes.
La gestión urbana puede verse beneficiada con soluciones de IA que permiten controlar el tráfico y las infracciones, y existen desarrollos más discutibles —por el riesgo de sesgar en contra de poblaciones específicas—, de control y prevención del crimen.
Por supuesto que todos estos servicios tienen un costo. Incluso si son gratuitos, lo mínimo que exigen es una inscripción mediante cuenta de correo electrónico. Usualmente esta membresía habilita los servicios básicos, que son bastante limitados. La membresía pagada habilita los servicios más sofisticados, pero puede que al final del día incluso habilitando el pago el resultado sea razonablemente barato.
Los procesos de automatización, innovación y aplicación de tecnologías informáticas están muy por encima de la imaginación del público y de las autoridades en nuestro país. Por un lado, esto exige más alfabetización digital e incluso yo diría posalfabetización digital, porque las innovaciones no cesan de avanzar y mientras tengamos internet, estaremos expuestos a todos los desarrollos que lleguen de fuera. En muchos casos, esto implica analizar nuevas modalidades de ejercicio de derechos y, por lo tanto, regulación.
Por otro lado, desarrollar la curiosidad y las ganas de aprender o auto-aprender están al alcance de cualquiera que tenga acceso y un mínimo de conocimiento del mundo de internet.
Pablo Rossell Arce es economista.







