No escribí durante el mes de agosto. Nada tienen que ver las fiestas patrias con ese silencio. Tal vez ciertas promesas vinculadas a la espera del brote de jacarandás en el valle cochabambino, pero lo dudo. El silencio fue en homenaje a un nacimiento y a un fallecimiento. Esos recuerdos no tienen nada que ver entre sí, excepto para mí, puesto que evocan a Julio Cortázar y Chavela Vargas. El escritor argentino nació —de casualidad en Bruselas—, en agosto de 1914, el día que el ejército alemán invadió Bélgica en el inicio de la, denominada, primera guerra mundial. Por esa casualidad, el autor de Un tal Lucas definió su nacimiento como algo “sumamente bélico” que “dio como resultado a uno de los hombres más pacifistas que hay en este planeta”. Era pacifista y también grandulón, además no envejecía y era apacible como es esa tumba parisina de mármol brillante que está adornada con una sutil escultura de madera sin forma definida que quiere representar a un cronopio, aquel personaje célebre, tímido y perspicaz, creado por Julio Cortázar que puede ser definido como “un ladrillito cantante que escribe en el caparazón de una tortuga”. Por eso, en el transcurso de agosto, se me ocurre salir a recorrer las calles para buscar los “ochenta mundos” que dan vueltas “alrededor del día” y que él sabía descubrir (escribir) como nadie (como si nada) para plasmarlos en cuentos y poemas que, también, eran moepas.
En los años 80 tuve el atrevimiento de mandarle una carta inspirada en su cuento Carta a una señorita en París para decirle que era posible escribir esa historia de otra manera y sin dejar de vomitar conejitos. Aunque sabía que Julio Cortázar amaba los mensajes enviados en botellas por los náufragos, nunca tuve la esperanza de obtener una respuesta, no obstante, me olvidé del asunto cuando pude verlo y escuchar su lectura de Queremos tanto a Glenda en una plazuela de Coyoacán cierto sábado en la tarde. Entonces no sabía que, tres décadas después, iba a sentir similar gozo cuando asistí a un concierto de Chavela Vargas en el Zócalo del Distrito Federal. México intenso y querido, esa ciudad me dio la oportunidad de estar cerca de ambxs y, por eso, soy mitad chilango y mitad cochabambino. Y otra mitad aurorista, para cuadrar el círculo.
Casi un siglo después del nacimiento de Julio Cortázar, en agosto de 2012, Chavela Vargas dejó de cantar. Se nos fue sin dolor en el alma, porque ella enfrentó a la señora de la guadaña con los brazos abiertos, enfundada en su poncho rojo. En el transcurso de sus últimos días contó que se dedicaba a leer poesía y, por ese motivo, dedicó su último disco a Federico García Lorca, con quien platicaba en las noches de luna llena porque conversar con difuntos le hacía perder el miedo a la muerte. Tuve la suerte de asistir a uno de sus conciertos al aire libre, así como veinte años antes escuché leer cuentos a Julio Cortázar en un parque. Han transcurrido más de dos décadas de aquel concierto, de aquella noche que pude estar sentado en el suelo a cincuenta metros de Chavela Vargas para escuchar su canto durante una eternidad. Entonces decidí que nunca más escucharía sus canciones como si el mundo se hubiera acabado y la vida estancado, porque al verla pletórica y exultante —mientras de su garganta salían ayes y lamentos, rancheras y boleros— sentí que la felicidad era su marca a pesar de los pesares. Así como el juego lúdico con palabras fue el sello de Julio Cortázar para enseñarnos que es posible inventar otra manera de transitar (a) la felicidad.
Fernando Mayorga es sociólogo.







