El Buen Samaritano, un ministerio episcopal de Texas, presta sus servicios a la comunidad en el lado este de Austin, el más pobre de la ciudad, dividida por la Interestatal 35. Allí hay menos servicios públicos, y muchos barrios no tienen un centro de salud. La población se compone principalmente de personas de color y la lengua materna de muchas de ellas es el español. Es un tipo de población con bajas tasas de vacunación contra el COVID-19.
Sin embargo, El Buen Samaritano ha podido demostrar que, dentro de lo que cabe en Austin, el problema no es el temor a la vacuna en sí. “Todo tiene que ver con el acceso”, me dijo Luis García, director de tecnología y analítica de El Buen Samaritano. Su banco de alimentos recibe unas 200 visitas cada día de apertura, y muchas familias vuelven una semana tras otra. Cada vez que van a por alimentos, el personal de El Buen Samaritano tiene la oportunidad de hablar con ellos sobre la vacuna; García les habla en español mientras les entrega bolsas de comida y sandías. La organización también hace difusión en las redes sociales, ha hecho anuncios de radio en español y ha puesto carteles en otros bancos de alimentos.
Cada mes, El Buen Samaritano organiza un día de vacunación. En otros lugares pueden pedir un documento de identidad o una póliza médica, y suelen funcionar con cita previa, lo que requiere acceso a internet y a menudo una computadora, cosas que muchas veces no tienen en esta comunidad. El Buen Samaritano los vacuna sobre la marcha, sin hacer preguntas.
Para alrededor del 20% de los que acuden a vacunarse, todavía es su primera dosis, pero El Buen Samaritano también está administrando las nuevas dosis de refuerzo que protegen contra las variantes de la Ómicron y vacunando a los niños de seis meses o más. Lo que está haciendo El Buen Samaritano “demuestra que el problema no es la indecisión”, dijo García. “Lo que demuestra es que no pudieron hacerlo antes”. Sin embargo, esta vez nos estamos esforzando todavía menos por administrar estas fantásticas dosis a los menos favorecidos. Los demócratas recortaron los fondos para el COVID-19 de un paquete de gasto de marzo en respuesta a la oposición de los republicanos, y la actual falta de recursos financieros se traduce en que hay menos medios para conseguir que las vacunas tengan un mayor alcance y que la gente pueda acceder a ellas de forma fácil y asequible. Eso conlleva menos puntos de vacunación, menos alcance y, desde luego, menos soluciones creativas para generar conciencia y aumentar el acceso a las vacunas.
Se debería recuperar y reproducir el modelo de distribución de vacunas contra el COVID-19 anterior, y hacer que las vacunas y el asesoramiento sobre cómo obtenerlas sean gratuitos. También necesitamos un mejor sistema para dar mayor salida a las vacunas. El gobierno debería financiar campañas de vacunación móviles a largo plazo y dotarlas de personal, no solo para las vacunas contra el COVID-19, sino también para otras, sean rutinarias o de urgencia.
A veces hay intervenciones eficaces que no son tan complicadas. El evento “Vacunación para una vuelta sana al colegio” se celebró en un centro deportivo de Boston un sábado de mediados de septiembre. Las personas que se vacunaron recibieron tarjetas de regalo Visa por valor de $us 75 y material escolar para el nuevo curso. La familia de Dorothy Stringer destinó ese dinero a la compra de alimentos en estos momentos de alta inflación. Ese día se vacunaron más de 600 personas. Cuando la ciudad celebró un segundo evento en octubre, se vacunaron 780 personas.
Sin embargo, esas iniciativas ya son escasas y esporádicas. “Podemos hacerlo mucho mejor, y, sí, hace falta cierta estandarización e inversión”, dijo Julia Raifman, profesora adjunta de la Facultad de Salud Pública de la Universidad de Boston. “Pero eso hace una sociedad más habitable para todos, y ¿acaso no es esa la función del gobierno?”.
Bryce Covert es columnista de The New York Times.







