Pasada la cuesta de enero y febrero resulta difícil mirar con optimismo el rumbo que está tomando este año. Se habla de una “policrisis” global, un nuevo término empleado para referirse a las múltiples crisis que se están dando a la vez y que entrelaza un conjunto de grandes problemas económicos, ambientales y geopolíticos que se empeoran unos a otros.
Los riesgos crecientes de la inflación y el costo de la vida, la confrontación geoeconómica y la polarización social, ocupan el centro de las preocupaciones en el corto plazo, según el último Informe de Riesgos Globales 2023, amenazando con quitar impulso y socavar los esfuerzos para hacer frente a problemas de más largo aliento, como la crisis climática y la pérdida de biodiversidad.
Meses atrás, el Informe Planeta Vivo 2022 alertaba sobre el descenso del 69% de las poblaciones de animales salvajes de todo el planeta desde 1970, con un declive más dramático en América Latina que abarca el 94% de las poblaciones monitoreadas, principalmente en peces, reptiles y anfibios. Se estima que un millón de especies de plantas y animales están en peligro de extinción en las próximas décadas, según la Evaluación Mundial de la IPBES 2019 y alrededor de 150 especies desaparecen todos los días. La escala y velocidad de la pérdida de naturaleza es tal, que los científicos advierten que estamos ante una sexta extinción masiva provocada por la acción humana.
Si bien las consecuencias de la pérdida de biodiversidad pueden parecer menos evidentes y apremiantes en el futuro inmediato frente a problemas de escasez de alimentos y energía agravados por la pandemia y la guerra, y desastres relacionados al clima extremo, lo cierto es que todas las especies están interconectadas y su desaparición o disminución afecta a las funciones ecológicas y beneficios que brindan, como la estabilidad climática, agua y suelos saludables para la producción de alimentos y otros procesos esenciales para sustentar la vida, el desarrollo y bienestar de las personas.
Las respuestas cortoplacistas a las crisis actuales pueden precipitarnos hacia puntos de inflexión ecológica catastróficos si no logramos conectar toda la compleja maraña de riesgos que están en juego hoy y en el futuro. Al igual que todo, las soluciones también deberían estar interconectadas y eso implica el desafío de lidiar con varios frentes a la vez con una visión sistémica y acciones colectivas audaces.
Las alianzas para la conservación son justamente el tema central escogido este año por las Naciones Unidas para conmemorar el Día Mundial de la Vida Silvestre este 3 de marzo. Una ocasión para celebrar la belleza y variedad de la flora y fauna salvajes y los múltiples beneficios que aportan a nuestras vidas, desde alimentos, medicinas, energía, bienestar espiritual e inspiración. Buscar refugio en la naturaleza puede ser un buen antídoto para alejarnos de las preocupaciones y ansiedades que nos habitan y recuperar el optimismo, prestar atención y sentir como dice el poema: “la paz de las cosas salvajes, que no ponen a prueba sus vidas con la anticipación del dolor.” Imaginar los paisajes del futuro con lucidez y esperanza ayudará a que las acciones que tomemos hoy nos lleven a enderezar el rumbo hacia un mundo más justo, sano y armonioso con la naturaleza.
Verónica Ibarnegaray Sanabria es directora de Proyecto de la FAN.







