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Ideas: forma subjetiva de aspectos históricos

A finales de los años 70, Bolivia seguía siendo un país con población mayoritariamente asentada en áreas rurales

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Carlos Macusaya

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Por Carlos Macusaya
/ mayo 8, 2023
en Voces

La existencia del Movimiento Indio Tupaj Katari (Mitka) se formalizó en el “Primer Congreso Histórico Indio” realizado entre el 26 y 28 de abril de 1978 en una escuelita de la localidad de Viscachani (provincia Pacajes del departamento de La Paz). La convocatoria a este evento (Convocatoria al primer e histórico Congreso del Qullasuyu) contiene ideas muy expresivas de las “idas y venidas” de los indianistas de la “vieja guardia” en su afán por formar un partido político propio.

Desde luego, no se trata de ideas “puras”, sin relación a los procesos históricos en las que fueron planteadas. Y esto no quiere decir que por haber sido lanzadas hace 45 años hoy sería inútil revisarlas. Al contrario, si se las considera en su historicidad, pensándolas como parte de procesos de lucha y como elementos útiles para desarmar la “obviedad” de que la realidad ha cambiado, pueden ser una “entrada” a pensar nuestra contemporaneidad, identificando al mismo tiempo desafíos que nos toca encarar.

En el reglamento general contenido en la mencionada convocatoria se encuentran señalados requisitos para participar en dicho evento, algunos de ellos hoy pueden parecer curiosos e incluso pueden motivar algún tipo de burla, como por ejemplo: “Será estrictamente prohibido llevar corbata, verdadero símbolo de sojuzgamiento blanco. En cambio los congresales deben llevar poncho, lluch’u y ropa de bayeta y todo lo que corresponde al indio”.

A finales de los años 70, Bolivia seguía siendo un país con población mayoritariamente asentada en áreas rurales (fundamentalmente en la parte andina del país), aunque las universidades estaban en proceso de “deselitización”, entre otros, por el vuelco poblacional del campo a la ciudad. Por entonces no era común ver “indios” trabajando con traje y corbata y esta vestimenta se asociaba “espontáneamente” a trabajos propios de “no indios”. En ese sentido, no debería extrañar que entre poblaciones racializadas como indias, y no solo entre indianistas, la corbata fuera un símbolo de quienes en la división racializada del trabajo “vivían de lo fácil”, sin hacer esfuerzo físico.

Así como se identificaba el “símbolo de sojuzgamiento blanco” también se hacía lo mismo con lo que se asume como “propio”: la ropa hecha con “la mano y el sudor del indio” (poncho, lluch’u y ropa de bayeta). Era un tiempo en el que en la mayoría de espacios rurales el grueso de la población elaboraba su propia vestimenta, cosa que también pasaba con muchos de sus alimentos. Enarbolar esos elementos implicaba una contraposición entre quienes vivían de su propio trabajo frente a quienes vivían de lo que otros hacen; algo que en La revolución india (1970) de Fausto Reinaga era parte de la caracterización de las Dos Bolivias.

Esos requisitos no son simples ideas de “algunos desubicados”, son la forma subjetiva de ciertos rasgos de una situación histórica que los indianistas pretendían cambiar organizándose políticamente. Hoy la corbata es parte de la vestimenta del trabajo de muchos “indios” y cada vez son menos los espacios ruarles en los que su población elabora su propia vestimenta. “Obvio”, la realidad ha cambiado y no en el sentido que muchos indianistas hubieran deseado.

Distintas instituciones coinciden en que en las dos últimas décadas en Bolivia más de un millón de personas incrementaron sus ingresos y pasaron a engrosar los estratos medios, aunque la mayoría de ellas están en situación de “fragilidad”. En términos muy generales se ha producido una reconfiguración en las estructuras de clase, en la estratificación y en las relaciones interétnicas, proceso en el cual se han generado fricciones porque todo esto implica un reordenamiento de las jerarquías sociales, la ampliación de la competencia laboral en determinados ámbitos, el incremento del poder adquisitivo de “sectores populares”, la disputa por espacios de reproducción social con su consiguiente valor simbólico, etc.

Tras estos cambios, ¿qué sería lo propio de los q’aras y de los indios? ¿Cuáles serían sus expresiones simbólicas más representativas? ¿Cuáles son las aspiraciones y expectativas de las nuevas generaciones de “indios” que han crecido en condiciones de estratos medios? Quienes venimos de la militancia indianista y katarista deberíamos tratar de responder estas preguntas para encarar tareas políticas. Deberíamos tratar de entender la forma subjetiva de aspectos históricos que hoy predominan.

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