Las tendencias se confirman, se está instalando un espeso clima de desaliento y miedo en la mayoría de la población. Y mientras las dirigencias insisten en no darse por enteradas de ese malestar o se limitan a instrumentalizarlo para sus fines menos loables, su poder y legitimidad se van reduciendo. Quién sabe, quizás el problema en 2025 no sean las pretensiones hegemónicas de unos y otros, sino el desorden y la fragmentación del poder.
Varias encuestas de opinión pública, de calidad y origen diverso, coinciden en dos tendencias gruesas. En primer lugar, en una fuerte caída de las expectativas económicas y la generalización de un sentimiento de temor y pesimismo en casi dos tercios de los bolivianos y bolivianas. Y por otra parte en una notable reducción de la confianza ciudadana en todas las dirigencias partidarias y su correlato electoral: fragmentación de los apoyos e insatisfacción con la oferta de candidatos actualmente existente.
El corazón del desasosiego tiene que ver con la economía que no produce más esperanza y ya no es un factor de certidumbre. Lo que se rompió en el primer trimestre será difícil de reparar, hasta ahora las promesas gubernamentales no parecen modificar significativamente el temor de la gente ante un posible gran retroceso. La promesa industrializadora se entiende poco y parece alejada de los miedos cotidianos y urgentes de las mayorías.
Por si eso no fuera poco, todos los días la gente está siendo bombardeada de una secuela escabrosa de eventos que le confirman la corrupción de las instituciones, la mezquindad de los líderes y sobre todo la ausencia de autoridades que expliquen plausiblemente lo que está pasando, tenga empatía con sus inquietudes y convenzan de que hay salida al entuerto.
El Gobierno está aprendiendo que en política “las mierdas suelen volar en bandada”, como solía decir con sarcasmo el viejo dirigente francés Jacques Chirac. Lo cierto es que los problemas aparecen y se acumulan a una velocidad pasmosa en estos días, configurando un escenario que tiene al Gobierno constantemente a la defensiva. Obviamente, frente a eso, sus adversarios externos e internos no tienen más que colarse en el cotidiano, desgastante y brutal cargamontón del cual no parecen estar pudiendo escabullirse.
Si bien el Gobierno es el principal afectado, sin que a ratos pareciera querer darse cuenta de la dimensión de la erosión que está experimentando, la verdad es que el impacto de este despelote es generalizado. Las cuentas del evismo y de las oposiciones son pírricas: algunos puntitos más en las encuestas sin superar nunca el 15% de apoyos o satisfacciones. Ni hacerse a la victima parece rendir, basta ver las cifras de Camacho o de Morales.
Lo paradójico es que este paulatino empequeñecimiento de los poderosos refuerza la intuición de que todo parece posible en la política boliviana en los próximos años. Nadie está saliendo victorioso de la terrible secuencia que empezó con el cierre desordenado del conflicto del Censo en noviembre de 2022 y que está acabando con la patética y ya aburrida pelea entre masistas de esta semana, en medio tenemos falta de dólares, un banco caído, curas pedófilos, dramas narcos y un largo etcétera de tragedias.
Tampoco ninguno de los actores parece querer o estar cerca de salir del escenario, siguen ahí, hombres y mujeres menguantes, peleando los tres o cuatro puntos que les hacen creer que aún pueden acercarse al poder en 2025. Y en eso tienen lamentablemente razón, en un contexto de política fragmentada, todos ellos podrían aún pasar a segunda vuelta, hasta María con su 8% y por supuesto Evo con su 10%, Arce con su 13% o Mesa con su 15%, casi en empate técnico de pequeñines electorales, considerando el margen de error de los sondeos. Parece, pero no es broma.
¿Está todo perdido para la gobernabilidad del país? No seamos tan fatalistas, la historia nos muestra que la fuerza de la voluntad, la audacia y la inteligencia de los líderes son justamente factores que importan un montón en un escenario de cambio e incertidumbre. La cuestión es que los dirigentes no se queden pasmados ante su repentino cambio de talla, que sepan reaccionar frente al mal tiempo, que se rebelen contra su empequeñecimiento y busquen algo de grandeza y sobre todo que entiendan que para ello hay que dar un golpe de timón cuando las cosas no están funcionando.
Armando Ortuño es investigador social.







