Nos preparamos para evocar una fecha histórica, el 16 de julio. Comenzamos a ensayar las liturgias de siempre: rituales de gestión municipal (con entregas apuradas de obras, propias y ajenas, con banda y mixtura), rituales festivos (como la verbena), rituales políticos, y rituales cívico-conmemorativos (en sesiones de honor que este año van divorciadas, los alteños allá y los paceños por acá).
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Los rituales políticos son el pelo en la sopa. En una entrevista una concejal de la oposición, con facilidad de palabra y voz aterciopelada, respondía las preguntas con la sentencia condenatoria de siempre: “el Ejecutivo municipal tiene la culpa de todo”. Entre líneas percibías la consigna que hace décadas se practica: “bloquear la gestión para ocupar, cuanto antes, el sillón municipal”. A este rito cíclico de nuestra política criolla (léase hispana) lo designo como nuestro rito autodestructivo. Lo explicaré con una pregunta. Ante la falta de claridad de nuestros representantes, elegidos democráticamente, ¿será que la ciudadanía tiene más lucidez y ética? Va la respuesta que detestan las mentes binarias y monotemáticas: nuestros políticos son personas como tú y como yo, son vecinos nuestros; es decir, son ciudadanos que en un rincón de su ser quieren un futuro mejor para esta ciudad. Entonces, ¿cuándo se jode la cosa? Pues, en el momento que empezamos a “militar” en un partido u organización política. Ahí emerge lo peor de nuestra condición humana y mutamos hacia seres mezquinos y atrabiliarios que desdeñan la autocrítica y practican lo execrable. La ciudad y sus ciudadanos no existen en los rituales autodestructivos. Un ejemplo histórico es la quema de los PumaKatari.
Pero, como manda Monsiváis, vamos a los rituales del caos. Más allá de quejarme —sin hacer mella en la clase política— iré a la verbena paceña para sorprenderme, una vez más, de la enorme capacidad colectiva que tenemos para evadirnos de los problemas estructurales de esta ciudad y su región. Con unos sucumbés, de instantáneos efectos transfigurantes y estimulantes, mutaré hacia un ser social y querendón, pasearé el centro paceño y constataré que nuestros apetitos festivos crecen, exponencialmente, en esa fiesta colectiva que no recuerda el origen patriótico del 16 de julio. A pesar de ese imperdonable olvido, toda la ritualidad del bacanal estará resguardada por una sorprendente luna de invierno y la presencia tutelar del Illimani. Estaremos cubiertos por la enigmática magia de esta ciudad perdida en las alturas de la región latinoamericana, habitada por mujeres y hombres que esa noche, en un ritual único, reafirmarán su condición de seres de la montaña.
(*) Carlos Villagómez es arquitecto







