En la tradición medieval existía un tipo de escrito cuyo contenido tenía por finalidad la formación del alma y el carácter de los príncipes, reyes o gobernantes. Estos escritos son conocidos en la teoría política como los espejos de príncipes (speculum principi), en el entendido que un espejo nos da una imagen de algo: un modelo o idea rectora a seguir. En la mayoría de los espejos de príncipes podemos encontrar una pedagogía que combina reflexión histórica y política para llegar a una manera muy particular de moral y autoridad.
El eje central de los speculum principi es la búsqueda de la autolimitación de la conducta del príncipe a través de su educación y no a través de las leyes, las cuales no las cumplían, pues durante muchos siglos de tradición los gobernantes eran irresponsables, al punto que se decía que el rey era infalible y no se equivocaba. Por ello, los espejos de príncipes combinaban una educación teológica y ética, es decir, una pedagogía que insinuaba que la conducta de los gobernantes no sería juzgada en la tierra sino en el cielo, por tal razón estos escritos buscaban la salvación del alma del príncipe.
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Para muchos estudiosos de teoría política, como Jürgen Mietkhe o Eduardo Fernández García, los espejos de príncipes pueden considerarse un registro de la teoría política medieval, además del curioso género literario que encarnan: escritos dedicados a la educación de los gobernantes y al cultivo de la autoridad, y es que esta última —la auctoritas— no era algo dado por la ley, sino cultivado por el comportamiento de príncipe.
Los espejos de príncipes nos enseñan que la autoridad no se sostiene en la coerción, sino en el carácter fundante de lo político. Quien se erige como autoridad lo hace en el tiempo, articulando la idea de que pasado y futuro autorizan y legitiman nuestras acciones presentes. La autoridad es un ejercicio de poder, pero no uno que busca dominar, sino uno que busca crecer y habilitar al gobernante como legítimo. El tiempo va construyendo la autoridad encarnando la institución, en este caso la institución del príncipe, del rey o del gobierno. Así, la autoridad es a la vez la autorización, una cualidad de que los actos de autoridad son reales o cobran realidad por su legitimidad.
Los espejos de príncipes nos enseñan que no es la amenaza del castigo que prevé la ley la que contiene a los poderosos, sino una buena educación que convierte el ejercicio de poder en autoridad. Para el pensamiento político medieval, el príncipe debe tener un saber que le permita llevar el buen gobierno, no se trata de un temor a la ley sino de gobernar.
Aunque con muchas diferencias a lo señalado, uno de los speculum principi más famosos y conocidos fue escrito por Nicolás Maquiavelo, y lleva el título, justamente, de El Príncipe.
(*) Farit Rojas es docente investigador de la UMSA







