Debatir sobre los medios artísticos (llamados también soportes o técnicas artísticas) es fundamental para el futuro del arte en Bolivia. Se da por entendido que el arte debe expresarse tanto en medios tradicionales (pintura, acuarela, escultura, grabado, etc.) como también en los medios que se cultivan en la actualidad (performance, ready made, instalaciones, videos, net art, videojuegos, etc.); aunque existen debates sobre la pertinencia de esos medios. Por ejemplo, los influencers como José Antonio Villarán y la mexicana Avelina Lésper denigran al arte contemporáneo y los nuevos medios con ocurrentes definiciones como Hamparte o arte VIP. Es el típico ataque, insulso y anodino, que fascina a las mentes tradicionales.
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El tema de los medios artísticos es esencial para las regiones del sur global por razones que expondré escuetamente. Los medios artísticos que superviven en nuestras regiones son especialmente enriquecedores y pueden formar parte de un nuevo catálogo expresivo, tanto social como cultural, y con múltiples posibilidades. Valga un ejemplo. Cuando en agosto preparamos una mesa desplegamos una serie de artilugios y expresiones que reviven creencias ancestrales. Pero, todo ese ritual tiene una plasticidad inequívoca, una expresión artística plena, donde se reúnen arte y espiritualidad en una ofrenda a la Pachamama. Ese gesto, que aúna expresión oral, habilidad objetual y profunda fe es, para quien escribe, una instalación efímera. Ni más ni menos. No entra en las categorías reconocidas de arte porque estamos sometidos a un proceso de colonización occidental que dictamina lo que es y debe ser arte. Y pensamos así, porque hace pocos siglos atrás separaron la expresión artística de las otras expresiones humanas, y aislaron al artista de su sociedad para entronizarlo como un demiurgo intocable. Con el aislamiento del artista desaparecieron todas las dimensiones simbólicas y de creencias que, desde siempre, contenían las obras de arte. Ergo, se vaciaron las obras de sentido social. Sin embargo, en las pervivencias populares como: la Alasita (y sus ilusiones miniaturizadas), Gran Poder (con sus danzas, coreografías, vestimentas), o las “ñatitas” (con sus macabras instalaciones), experimentamos miles de expresiones de resistencia artística en su forma primigenia (y en diferentes medios), que muestran una potencia superior a lo que vemos en cualquier galería o museo de arte.
Por ello, el desafío de nuestro arte contemporáneo tiene dos campos de acción: ampliar la variedad de los medios artísticos releyendo el mundo popular; y resignificar su contenido auscultando nuestros profundos arcanos.
(*) Carlos Villagómez es arquitecto







