¡Parlamento! rinde tributo a la palabra y al juego. Palabra viene del griego parabolé. Es alegoría, es símbolo para entendernos (para que no maten a los de siempre). Juglar viene del latín jocus; es broma, placer, juego. El chileno Pancho Sánchez es un juglar del siglo XXI: hace teatro, hace música, cuenta la historia (esta vez de la “conquista”, léase genocidio). ¡Parlamento! sube al escenario del Teatro Municipal de La Paz el último miércoles de octubre. Estamos apenas 50 personas en la platea. Como no es tiempo de Festival Internacional de Teatro, la sala está (casi) vacía. Ir al teatro para algunos es pura pose, van cuando toca. Hoy no toca. No es la primera vez que Pancho Sánchez actúa en el Municipal. Recuerdo el buen sabor de boca que nos dejó en abril de 2016 (en un Fitaz) su obra La Araucana. Aquella vez hubo sala llena y vítores. Aquella vez tocaba.
Cuando el juglar pide a la platea que levanten la mano los que creen que los derechos/lenguas de los pueblos originarios deben estar reconocidos en las constituciones, algunos (casi la mitad) no alzan la mano. La obra del elenco chileno Tyro Teatro Banda está de gira por Bolivia (ha pasado por Cochabamba, Santa Cruz, La Paz y Sucre) en la mejor tradición itinerante de los juglares medievales. Francisco Sánchez carga las mismas armas: instrumentos, sombras, pies descalzos, máscaras, pinturas, música de pájaros, palabras en idiomas extraños.
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El juglar —esta vez— parece que no va a entretener en fiestas y banquetes a reyes y nobles. Cuando sube el cónsul chileno en La Paz al escenario del Municipal —terminada la obra— me parece que sí. ¡Parlamento! finaliza con esta frase: “chilenos y mapuches nos merecemos una buena conversación”. Es un mensaje buenista, políticamente correcto.
El Pancho juglar ha usado más de una hora de hábil/entretenido monólogo para denunciar la masacre de la nación mapuche a lo largo de la historia. Para traernos al presente el saqueo, mentiras y muerte contra un pueblo guerrero. Para poner de manifiesto los engaños de la colonia española y el Estado de Chile (y sus tentáculos extranjeros) en un plan despiadado de despojo. Algo (muy) parecido a lo que hace en estos días el Estado sionista de Israel contra el pueblo palestino. Algo (muy) parecido a lo que se ve/sufre en la película de Martin Scorsese contra la nación Osage. No hay metateatro que meta esto de contrabando.
Si los mapuches (y otros pueblos del mundo) confiaron en la palabra del opresor, ¿qué sentido tiene hacer otro llamado a una “buena conversación”? ¿Qué sentido tiene invitar al escenario al representante de un Estado cuya única política a lo largo de la historia ha sido diezmar a la nación mapuche para privatizar el rico territorio del “pueblo de la tierra”?
¡Parlamento! es un monólogo que estremece y conmueve hasta la penúltima frase. El teatro político está obligado a ser consecuente. Si no lo es, pierde su dignidad. Si no lo es, todo se queda en apropiación cultural y condescendencia; en paternalismo que rima con machismo. Si no lo es, huele a hipocresía. No importa que sea un ejercicio maravilloso de despliegue de múltiples y efectistas habilidades teatrales; las mismas que atesoraban los buenos juglares.
La guerra eterna contra la nación mapuche no pide abrazos con los verdugos: anteayer, gobernadores enviados desde las Españas; ayer, historiadores que niegan la propia existencia de los mapuches (a los palestinos los genocidas/infanticidas los llaman filisteos); y hoy, gobiernos de derecha y centroizquierda que se llenan la boca con la palabra “terrorista”.
¿Nos merecemos una “buena conversación”? Seguro que sí, pero que llega con el postre. Antes, el pueblo mapuche (y otras naciones colonizadas) se merece una entradita de igualdad con justicia; un primer plato de verdad con memoria; y un segundito de resistencia con harta llajua. Ni ayer, ni hoy las “conversaciones” (los sucesivos “Parlamentos” desde el famoso/histórico de Quilín en enero de 1641) se hicieron/hacen en igualdad de condiciones.
El (buen) juglar actúa (algunas veces) para reyes y nobles en banquetes y fiestas, pero siempre tiene la habilidad de reírse del poder delante de sus narices. La guerra a muerte y eterna contra los mapuches continúa hoy. Eso no es una “buena conversación”.
Post-scriptum: los que no levantan la mano cuando el juglar pregunta son los mismos que aseguraron que en Sacaba y Senkata los “indios” se dispararon entre ellos; los que mintieron desde sus medios; los que gustan de los “indios” cuando bailan o hacen tejidos (o te cocinan sin poder sentarse en la mesa familiar); los que desestabilizan cuando los “indios” toman la palabra (en igualdad). Los que vienen al teatro (cuando toca).
(*) Ricardo Bajo es un pinche periodista







