Cuando aparecen los créditos finales de Dependencia sexual de Rodrigo Bellott, suena una canción de Andrés Barba. Es El espejo. Son letras sobre la maldad y el pesimismo. ¿Quién podrá salvarnos? ¿hay esperanza? ¿los niños que llegarán vivirán en un mundo mejor? Se cumplen 20 años del estreno de la “opera prima” del cineasta cruceño. El Festival de Cine Radical celebra el aniversario. El director llega a La Paz desde Samaipata, donde vive.
En la charla que sigue a la proyección de la película en la Cinemateca, Bellott responde a esas dudas que tenía su amigo Andrés Barba hace dos décadas: la (no) educación sexual está peor. El racismo, el clasismo, la homofobia no han disminuido, todo lo contrario. No se puede hablar de sexo en las escuelas. Si lo haces para educar, te acusan de adoctrinar. La ultraderecha y sus tentáculos evangélicos tienen la sartén por el mango. Y el Estado mira para otro lado.
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Cuando Dependencia sexual se rodó (en Santa Cruz y Estados Unidos), el cine boliviano languidecía. Llevábamos años sin ver un estreno nacional. No había (casi) escuelas de cine. Y las salas comerciales se cerraban una detrás de otra. Donde habíamos disfrutado de buenas películas en noches de perdición aparecían sectas religiosas comprando cines para dar sermones y salvarnos del pecado. Cada vez que paso delante del cine Scala de la calle Ayacucho, me acuerdo de Salma Hayek y su baile erótico con serpiente. En La Paz íbamos al Monje, al 16 y al 6. No habían aparecido aún las multisalas. Estaban a punto de decirnos que con los multicines iba a crecer la diversidad/heterogeneidad. Estaban a punto de mentirnos (otra vez).
Con dos cámaras y estudiantes de actuación, Bellott se lanzó a la piscina; no sabía si tenía agua. Solo quería contar una historia. Tenía esa urgencia, esa necesidad. El cine es eso. Iba a ser una historia de pantallas divididas, una película “falladita” (como decían los vendedores de películas piratas en la calle al ver una pantalla extrañamente partida/rota). Una película que terminaba con gente vomitando. La náusea era y es una respuesta del cuerpo a un mundo injusto. Hoy con las redes sociales es más fácil insultar, amenazar, odiar.
Con Dependencia sexual fue la primera vez que en una película de consumo masivo se trataban temas como el amor entre hombres, las masculinidades tóxicas, el patriarcado. Cuenta Bellott que en Santa Cruz, grupos de amigos iban a ver la película, se burlaban, reflexionaban por un ratito nomás, se incomodaban (el silencio tras la proyección) y luego a otra cosa, mariposa. Una determinada clase social cruceña se veía reflejada por primera vez en el cine boliviano, pero no se sentía interpelada al extremo de tener que cambiar sus actitudes de discriminación; contra el marica, contra el trans, contra el indígena, contra el pobre. ¿Puede el cine combatir las microviolencias cotidianas e inconscientes?
Hoy se sigue tirando huevos a los travestis en nuestras plazas, se los sigue matando por las noches. Cada dos días una mujer es asesinada por ser mujer. No sabemos la cifra de muchachos que se suicidan porque no aceptamos su sexualidad. Miramos para otro lado. Hoy nos faltan esos espejos en los que se miraban los protagonistas de Dependencia sexual.
La película de Bellott hablaba —aparentemente— de género, de sexo. En realidad hablaba de poder. El poder de la mirada, el poder sobre los cuerpos; hablaba sobre las violencias patriarcales que vienen dictadas desde las casas, desde nuestros padres y madres. La cámara ponía sobre la platea los sentimientos de los personajes. ¿Qué pasó cuando la cámara dejó de mirar? ¿Por qué dejó de mirar?
Como gay, como cruceño, antes de Dependencia sexual, Bellott no existía para el cine boliviano. Y cuando uno se siente invisibilizado, se autoflagela, pierde la autoestima. Dos décadas después, no hay homosexuales ni lesbianas en nuestro cine. La película fue como un oasis en el desierto. Eso sí, creó escuela, marcó el camino para otros como Martín Boulocq, Daniela Cajías, Kiro Russo, Miguel Hilari o Carlos Piñeiro.
Dependencia sexual es una película que ha envejecido bien. Así lo siento en la Sala Amalia Gallardo de la Cinemateca al ver de nuevo la copia en 35 milímetros (auténtico lujo). Demostró en su momento que sí se puede: usar nuestras “desventajas”; hacer cine no desde la carencia y la miserabilidad (luego llegó el Manifiesto de las Tres B); que no todo es pornomiseria en el cine boliviano; y que el mundo, ancho y lejano, también es nuestro.
(*) Ricardo Bajo es un pinche periodista.







