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Soledad Vaca, un enigma

Soledad Vaca no existe. Todo es mentira; mejor, ficción creada por la escritora Vicky Ayllón Soria

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Ricardo Bajo

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Por Ricardo Bajo H.
BAJEZAS
/ diciembre 27, 2023
en Voces

Soledad Vaca no sabe por qué se llama Soledad Vaca. Todavía reniega contra su madre por bautizarla con ese nombre. En realidad putea contra todas las madres que ponen a sus hijas nombres como Consuelo, Milagros o Amparo. Todos son —dice la Soledad— nombres de desgracia o de altos deberes. Y los hay peores: Concepción, Sagrario, Angustias, Prudencia, Socorro, Auxiliadora, Adoración o Soledad.

La Soledad inventa bien varias mentiras sobre su apellido. Uno de sus vecinos de conventillo —don Roberto— le contó una vez que su padre era un camba que enamoró a su madre en una verbena paceña del 16 de Julio. Otro de sus vecinos, don Rodo, decía que la tal Soledad Vaca era una chica que murió en un accidente de carro y que su madre le puso el nombre para rendirle tributo. El caso es que Soledad Vaca —hoy en día— es la “simple” ayudante de oficina del jefe policial. Ascendió al cargo desde el kiosco de fotocopias, sultana y mortadela de la esquina de la comisaría. Un día sustituyó a la ayudante del jefe y, como escribía y corregía mejor que ella, se quedó con la pega. O eso inventa la Soledad para los que quieran creer en sus mentiras.

Lea también: El poder de la dependencia

Soledad Vaca va del conventillo de Villa del Carmelo al trabajo y del trabajo a su pieza sin ventana. Carga su cuerpo, dice. Y se gana sus pesos para comer y dormir. Es una convencida de que a esas necesidades básicas hay que sumar la música y la poesía. Por eso se compra libros usados y en fotocopias. Por eso, también, repite frases “baratas” que lee en esos libros, aunque muchas veces mezcla autores y títulos, ora Víctor Hugo Viscarra, ora Cernuda.

Soledad Vaca sufre de insomnio, la enfermedad de este siglo. Sus noches sin dormir son comunes y corrientes. Largas. No tiene tele, escucha radio. Ya dije que su cuartito no tiene ventana, así que clava la mirada no afuera, sino adentro. Se fija en las cosas porque las ama. Y escucha. El agua que hierve. La lluvia que cae, afuera y a veces adentro. Los gritos de los borrachos. Las cumbias villeras que salen del penúltimo cholet. Escucha su propia respiración. Y escucha los gritos de esa mujer que está siendo asesinada esta (cada) noche. Y los interminables ladridos de los perros en esta ciudad helada de noche mientras repite el rito de oír y oírse. Solo cuando aparecen las primeras luces, duerme.

Soledad Vaca no recuerda bien a su madre. Le da bronca no haber heredado de ella el aymara. Y siente que ha perdido algo más que la lengua materna: ha perdido un mundo. Me parece que por eso no puede dormir. Aun ella no lo sabe. O no quiere saberlo. Eso sí, reniega contra esas antropólogas o sociólogas que, parece, son las que más rápido aprenden aymara. Algunos se emborrachan para olvidar esas pérdidas.

La Sole teme a la enfermedad. Trabaja resolviendo crímenes menores, es más capa que su jefe y el inspector juntos pero le tiene miedo, mucho, a esa cosa llamada enfermedad y apellidada dolor. Ha leído en uno de sus libros una frase que repite como mantra: “la muerte, la vejez y la enfermedad son los verdaderos dolores humanos”.

Soledad Vaca fantasea. Con su amiga Vivi, solía ir a ver películas eróticas al cine Metropolitano, una salita muy parecida a la del Princesa de la calle Comercio. Más que la “simple” ayudante del jefe policial de casos menores, es una extraña detective que lee poesía y va al cine. Ha visto El último tango en París, El amante de Lady Chaterley y El imperio de los sentidos. Pero no es el sexo la inquietud de sus fantasías. Sueña con desaparecer, irse, que la lleven. “Ser sandalia”, dice.

Soledad no sale mucho, pero cuando lo hace cae por “La guerra”, antro de perdición de la zona de Chijini. Charla con las locas y con los maleantes que se han hecho sus amigos desde la presentación de un libro de otro cuate en ese lugar; ese día que el jefe le mandó investigar a una pandilla de metaleros. Desde entonces, cada vez que un viejo de mierda le guiña un ojo (la cosa que más odia en este mundo) el ojo acaba sanguinolento gracias al Chutillo y el Rata, sus cómplices de farra. Soledad no tiene hijos.

A Soledad la ciudad no le gusta: le parece fría, presuntuosa, ruidosa, cruel con los perros, lluviosa. Una ciudad hecha de lamentos, dice para rematar. Soledad Vaca no existe. Todo es mentira; mejor, ficción creada por la escritora Vicky Ayllón Soria en su segundo libro Común y corriente: las crónicas de Soledad V. Son nueve relatos/casos fragmentados al más puro estilo de Hilda Mundy: negros, agudos, chistosos y tristes. Soledad Vaca es (un) fuego, un juego, un enigma.

(*) Ricardo Bajo es un pinche periodista

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