Cuando esas hojas arrastradas por el viento, marranos, hojas amarillas dibujan a esta época del año con un tono mustio que, además, poéticamente, simboliza, a la vez, muchas cosas lúgubres: melancolía, paisajes sombríos, un pasado irrecuperable e inclusive la muerte. Quizás, por todos estos sentidos que representa esta estación del año, el entrañable Gabriel García Márquez le puso título a una de sus novelas: El otoño del patriarca.
En esta novela, el escritor caribeño da cuenta de uno de los efectos perversos que produce el poder: la soledad. De allí, la metáfora de otoño cuaja perfectamente en esa idea de envejecimiento no solamente biológica, sino también moral. Obviamente, el drama en la novela se desarrolla en un país imaginario ubicado en los márgenes del mar caribeño donde gobierna un dictador anciano, que localizado en el contexto temporal de la novela es fácilmente asociado a las dictaturas latinoamericanas.
Más allá de esa connotación literaria, esta novela desgrana esa compulsiva obsesión por el poder, sin reparar que alcanzarlo, retenerlo o recuperarlo puede significar la propia autodestrucción, por lo menos en el campo de la política. Quizás, el poder de por sí es un virus que se incrusta en el alma del patriarca (léase también como cualquier otro político) y se enloquece al saber de la posibilidad de no acceder al poder. Y, allí se convierte en una obsesión el poder que no solamente enferma, sino tiene un efecto colateral, envejece y le reduce al patriarca a un simple arlequín, o sea, a un personaje de una historia trágico/comedia.
Las obsesiones por el poder son desgastantes. La imagen de aquel político devorado en su obsesión por el poder que está dispuesto literalmente a vender su alma al diablo solamente para satisfacer su apetito personal. El obsesivo por el poder, al igual que otro vicio, le condena al infierno. Quizás, el peor infierno, sea la soledad. Del mismo modo, el escritor paraguayo Augusto Roa Basto en su novela Yo el Supremo aborda el tema de la soledad del poder en la que el personaje principal, otro dictador, esta vez paraguayo, José Gaspar Rodríguez de Francia, es abandonado por aquellos que en su época de mayor gloria se aprovecharon de él.
En ambas obras literarias —El otoño del patriarca como Yo el Supremo— son ejemplos ilustrativos de la personificación del patriarca —no se olviden que sociológicamente es aquel que ejerce autoridad autocrática como pater familias sobre una familia extensa—, convertido en un jefe poderoso pero, al mismo tiempo, odiado, inclusive por aquellos que en su momento le encumbraron al poder; un poderoso que no concede concesiones ya que está preocupado por el poder, aunque se lo ve rodeado por aquellos recuerdos de su ayer, aunque, quizás porque es otoño, ese ayer glorioso es irrepetible, pero en su mirada enceguecida, el patriarca piensa que pueda volver a ese tiempo ido, empero, como todos los tiempos ya pasados son irrepetibles.
En todo caso, ese jerarca piensa que sus simpatizantes de ayer le siguen teniendo en un pedestal, aunque sea imaginario, pero la vida cambia. El patriarca parece no darse cuenta que su lucidez está atrapada por la ofuscación del poder y, por lo tanto, su destino inexorable es su agonía política. En El otoño del patriarca, el personaje principal condenado no solamente a la derrota, sino al olvido, quizás sea el peor castigo por estar enfermo por el poder. Quedarse solo rodeado de animales, presagiando no solamente su muerte biológica, sino, sobre todo, su muerte política que, de todas las muertes, quizás sea la más triste y, a la vez, la más patética.
Yuri Tórrez
es sociólogo.







