Hay algo de fascinante y a la vez perturbador en las historias que nos presentan futuros distópicos de argumentos posapocalípticos, casi siempre desprovistos de naturaleza. El cine nos ofrece escenas épicas y delirantes en paisajes desérticos, donde la escasez de combustible, agua y alimentos suele definir un mundo caótico y violento que nos refleja posibles realidades del rumbo en el que vamos.
Vivimos tiempos sin precedentes marcados por el calentamiento del planeta y la pérdida de biodiversidad a una velocidad alarmante y constante. “Necesitamos una rampa de salida de la autopista hacia el infierno climático”. Aunque puede sonar a una frase de la saga de Mad Max, son palabras del secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, con relación a los últimos 12 meses más calurosos de la historia registrados desde junio de 2023. En este tiempo, de acuerdo con los datos del Servicio de Cambio Climático de Copernicus, la temperatura media global ha aumentado 1,63 grados centígrados por encima de los niveles preindustriales, superando el límite acordado en el Acuerdo de París. Si bien se espera que esta tendencia de récords de calor empiece a descender a medida que se debilitan los efectos de El Niño, los científicos advierten que estos meses serán recordados como fríos frente a un futuro aún más caliente, si no logramos estabilizar rápidamente las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera.
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Aún estamos lejos de lo peor de la época seca y el Pantanal ha vuelto a marcar récords de áreas quemadas para este periodo del año, anticipando el inicio de otra temporada intensa de incendios forestales, que ya empiezan a extenderse peligrosamente por el Bosque Chiquitano. Las condiciones de sequía prolongada están afectando severamente los medios de vida de comunidades, la producción agrícola y nuestra seguridad alimentaria, mientras la deforestación sigue avanzando desbocada a un ritmo cercano a mil hectáreas por día en los últimos años, según datos de la Fundación Amigos de la Naturaleza. Estamos contaminando la tierra, los ríos y fuentes de agua, destruyendo ecosistemas y alterando el clima, por nuestro irracional modelo productivo que no quiere cambiar hasta haber tumbado el último árbol.
Pienso a menudo en la reflexión que nos dejó Camus al aceptar el Premio Nobel, hace casi 70 años: “Cada generación, sin duda, se siente destinada a rehacer el mundo. La mía bien sabe, sin embargo, que no lo conseguirá. Pero su tarea quizá sea más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga”. Una tarea compleja que cobra más sentido y urgencia que nunca en la espiral de crisis de estos años.
La emergencia ecológica y climática nos impone avanzar por encima de las expectativas de soluciones perfectas o de utopías inalcanzables, procurando un equilibrio entre lo ideal y lo viable. Frenar la deforestación requiere compromisos e incentivos en toda la cadena de valor vinculada a sus impulsores, desde el productor hasta el consumidor consciente. Demanda también fomentar emprendimientos que permiten desarrollar productos y mercados basados en el manejo sostenible del bosque, que benefician la economía local y son valorados por la sociedad. Los bosques bien gestionados, con la gente que vive, trabaja y comprende su territorio, son menos propensos a arder y a convertirse a otros usos de la tierra. Está en nuestras manos integrar esfuerzos y alianzas para ampliar la escala de iniciativas exitosas que contribuyan a conservar paisajes y ecosistemas íntegros y resilientes.
Son algunas utopías modestas que, si bien no tienen todas las respuestas, paso a paso nos ayudan a cambiar la narrativa para restaurar la confianza en un futuro bueno, que solo será posible con una naturaleza sana y generosa.
(*) Verónica Ibarnegaray Sanabria es directora de proyectos de la FAN






