Un padre prepara el desayuno a sus hijos. Frutas con yogurt. “La primera vez que probé maracuyá con chancaca la odié”, dice una de las wawas. El padre se va al río, se filma cámara en mano, se zambulle en el agua. La película será una inmersión, un descubrimiento, un buceo en aguas revueltas y tenebrosas, al comienzo; límpidas y puras al final, bajo una cascada de liberación. El padre —que se llama Nicola— hace pan con masa madre. Es un panadero argentino (de Rosario) en Samaipata.
Nicola es una película (actualmente en cartelera de la Cinemateca Boliviana) necesaria: en este mundo donde a la ultraderecha el odio —viral y contagioso— le sale muy bien. Es un antídoto contra los discursos del veneno. Es un viaje interior; el cine como arma para curar (al igual que Llaki, otro documental boliviano recientemente estrenado). Es una confesión; el cine como sacramento. La película, dirigida por el cruceño (criado en La Paz) Pablo Terrazas e interpretada por Nicola Scola, no es pretenciosa, ni grandilocuente. A estas alturas, todo esto se agradece.
Consulte: Tu maldito perro interior
Su subtítulo apunta intenciones: “Contar un secreto para sanar”. Decía Lao Tzu que solo enseñaba tres cosas: simplicidad, compasión y paciencia. Tres tesoros. Nicola atesora el secreto de lo simple. De la paciencia vamos a hablar cuando lleguemos a las escenas del Bosque de los Helechos Gigantes.
Nicola sueña con ser un cóndor. Pasar de burro a cóndor. No quiere aceptarse como burro. Quiere ser libre y feliz. Quiere cargar menos. Al fin y al cabo, todos elegimos las cosas que cargamos. Se ha pasado toda la vida ayudando a los demás, menos a sí mismo. Vemos cómo Nicola hace una ceremonia. Se rapa la cabeza, se corta el cabello, frente a la cámara. Planos frontales. Mientras lo hace, bromea (“parezco un aprendiz de Hare Krishna”). Mientras lo hace, se escucha —fuera de campo— a su hija. Es un ritual para liberar bloqueos emocionales. Todavía no sabemos de qué trauma se tiene que librar el panadero argentino de Samaipata, de qué “enfermedad” tiene que sanar.
Entonces llega la confesión, en primera persona. “A los diez años me di un beso con un chico, tuve mi primer encuentro sexual”. Nicola conoce la culpa. Y el miedo, ese monstruo insaciable. Guardará el secreto. Tendrá chicas, se casará, tendrá wawas. Nicola nos cuenta cómo sale del closet. Su proceso de cambio. Es un viaje feliz con final feliz. No será un camino de rosas, nunca lo es.
Nicola piensa que está solo en su sentir. Tiene el acompañamiento y contención de sus seres queridos/cercanos: de su (ex)esposa Malvina, de su hija Ámbar, de su familia (su tía acaba de “salir del armario” también), de su chico (chapaco). Todos van a sumar amor. Ahora trabaja la vergüenza. Sabe que esos dientes que se le caían eran producto/causa de una violencia (auto)reprimida, que su cuerpo caminaba por unos lugares y su mente, por otros. Las imágenes cómplices/respetuosas nos miran de frente, sin sensacionalismos, sin moralinas, sin intromisión morbosa. Con respeto.
El documental rezuma autenticidad, sinceridad, compromiso. Vemos al Nicola del pasado y del presente, adivinamos al Nicola del futuro. Caminamos a través del bosque de helechos gigantes. Nicola pide permiso para entrar. Admira la paciencia de esos árboles que tienen mil años de vida. ¿Cuántos cambios habrán visto? Sufrimiento, alegrías, guerras. ¿Cuánta serenidad se necesita? ¿Cuánta paz?
“Escuchen a los helechos”, dice el guía de turismo que antes era panadero. El cine, como escucha del otro, como escucha del cuerpo. Nosotros (con)tiene la palabra otros, escribía el otro día Irene Vallejo. “Cada uno es su propio salvador, sanador”, remata el guía. Es entonces cuando Nicola nos habla a todos. Cuando el “docu” amenaza con dejarse caer en el paternalismo buenista, el actor/personaje lo salva con humor y risas: “esto es un proceso hermoso, como para hacer un documental”.
La charla (vía celular) con el padre (el que se opuso al pelo largo de antaño) llega con naturalidad. Él también ha experimentado un proceso de cambio. En montaje paralelo, una performance de cuerdas, flores y ojos vendados es la metáfora de la liberación. Es otra ceremonia de alivio, como la ducha salvaje en la cascada Jaq’cha en los Yungas del Amboró. El río se ha llevado todos los miedos. El riesgo ha valido la pena, como la vida.
Al final, Nicola se pregunta a sí mismo: “¿por qué no hice esto antes?”. Y responde: “creé monstruos peligrosos que me mantuvieron con miedo”. Tras una fiesta/tributo a Freddie Mercury (Nicola es rocanrol), la cámara (un personaje más) nos lleva al Nido de Cóndores. El burro es ahora un pájaro. Tiene majestuosas alas. Lee los vientos. Es libre, como Nicola.
(*) Ricardo Bajo condorcito quisiera ser







