Al parecer, hay consenso en que a todos los humanos nos gusta jugar. Nos gusta tanto, que hace más de tres milenios y medio ya existía un juego de mesa. Juego, porque tenía reglas. Jugar, entonces, es la actividad que nos apasiona a los humanos y el juego es la actividad lúdica, pero con reglas. Difícil saber si jugar es inherente al ser humano, porque ¿acaso hay algo natural, fuera de las funciones corporales, que son autónomas, en el comportamiento humano?
Lea: Idiota
El asunto es mucho más que el deleite de mirar a las mascotas o a los humanos chiquitos, jugando exentos de reglas (aunque aprendiéndolas en cada instante) y entregados a su inabarcable imaginación: la economía, la psicología y la sociología le han prestado muchísima atención. Fue el matemático J. Nash quien aportó a la teoría de juegos con la explicación del equilibrio, que se produce en una coyuntura en la cual ningún jugador puede mejorar su situación cambiando unilateralmente su estrategia; así, el prisionero puede escapar de su dilema confesando: en el peor de los casos obtendrá la mitad de la pena.
La teoría que llevó al matemático a recibir el Premio Nobel de Economía sirve como método para predecir el resultado de interacciones estratégicas en diversas situaciones, desde competiciones de mercado hasta negociaciones políticas y conflictos militares. En el fondo, este y otros matemáticos dedicados a estas reflexiones partían del supuesto que todos los humanos, además y antes que ser racionales, somos lúdicos y conducimos nuestros comportamientos a menudo motivados por la antinomia de ganar o perder.
Así, existe una explicación al por qué parece tan normal la suma cero, que es cuando una parte gana y la otra pierde. Se produce, con gran regocigo de los vencedores y pena de los perdedores, por ejemplo, en el fútbol, donde la gente llega a jugarse mucho más que su amor por la camiseta, o en el sofisticado ajedrez, donde los reinos caen, pero, ay, también en la política, que todo lo toca y lo convierte en feroz competencia entre las facciones opuestas; el problema es que a menudo pierden quienes no estaban jugando.
Desde la antropología se sostiene que el juego es anterior a la cultura; J. Huizinga argumenta que muchas formas culturales, como el arte, la literatura, la religión y las leyes, tienen sus raíces en actividades lúdicas. También afirma que el juego crea un espacio separado del «mundo real», donde se desarrollan reglas propias y significados específicos. Coincide la psicología, que mira a la pasión humana por el juego preguntándose por qué y para qué, y se responde diciendo que se juega porque, desde la infancia hasta la adultez, el juego proporciona un medio para el aprendizaje, la socialización, la creatividad y la adaptación.
Pero también hay juegos que todos juegan, para evitar la intimidad verdadera y protegerse de la vulnerabilidad, buscando, al mismo tiempo, satisfacer sus necesidades de reconocimiento, pertenencia y estructura. Eso explica al tío que se la pasa exhibiendo sus dolencias, al pariente que no para de hablar de sus viajes, a la amiga que no encuentra pareja porque siempre está encontrando errores en los demás o, peor, quien vive buscando evidencia de su falta de valía.
También se juega para pertenecer a la sociedad. Al jugar se fomenta la libertad y la creatividad, mientras que el juego promueve la disciplina y la competencia. Se juega las fichas que la vida le da a cada quien dentro de una estructura; al menos en teoría, el agente puede desbancar a la casa, pero eso implica, seguramente, saber más que solo las reglas. En la sociedad la gente pertenece a diferentes campos, a menudo varios a la vez, y en cada uno de ellos pone “enjuego” (P. Bourdieu dixit) sus capitales, que los ha conseguido o heredado, y acumulado, para convertirlos en el más preciado de ellos: capital simbólico, reconocimiento.
Es interesante observar que, aunque las mujeres pueden haber hecho grandes aportes a la comprensión de los juegos, de la economía, la psicología y la sociedad, son sus pares varones, heterosexuales o no, quienes tienen la fama y las citaciones. “Son las reglas del juego”, y es cuando se evidencia que muchos aspectos de la estructura no ceden ni cederán así nomás. Mientras tanto, no hay que dejar de jugar, así sea solo con las palabras.
(*) Claudio Rossell Arce es profesional de la comunicación







