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Golpes, golpes, golpes

Al Chino Arandia, baleado por los militares Hay golpes y golpes. No lo sabremos en Bolivia, donde registramos la mayor cantidad de asonadas militares respecto de la región. El boliviano José Roberto Arze sostiene que un golpe de Estado es “un cambio súbito y violento de la autoridad gubernamental al margen del orden institucional”. También […]

La A amante
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Por Claudia Benavente
LA A AMANTE
La Paz / julio 14, 2024
en Voces

Al Chino Arandia, baleado por los militares

Hay golpes y golpes. No lo sabremos en Bolivia, donde registramos la mayor cantidad de asonadas militares respecto de la región. El boliviano José Roberto Arze sostiene que un golpe de Estado es “un cambio súbito y violento de la autoridad gubernamental al margen del orden institucional”. También dice que un golpe puede ser popular o impopular. Puede, por otro lado, darse un golpe a un golpista. Varios autores han diferenciado en los últimos años los golpes duros de los golpes blandos. Toda una telaraña que motivó al equipo del programa Piedra, papel y tinta a invitar a tres conocedores e interesados en esta problemática: Loreta Tellería, Gabriela Reyes y Juan Ramón Quintana. La pregunta de inicio y de final: dónde está el centro de la definición de un golpe de Estado y cuánto debe preocupar al conjunto del país el espíritu golpista de las Fuerzas Armadas Bolivianas (FFAA).

Tellería comienza alertando de las diferencias entre los golpes de siglo XIX, por ejemplo, y los de estos tiempos. Ayer u hoy, el actante infaltable: las FFAA; el ingrediente básico: la fragilidad de los gobiernos políticos legalmente constituidos; la acción indeseable pero recurrente: violencia armada. En este punto, Reyes hace bien en precisar que puede haber tanto una demostración de la violencia, o su alarde, como el pasado 26 de junio, como un uso propiamente de la violencia y recuerda que el otro abuso (casi instintivo) de los golpistas es cortar las comunicaciones, un gesto penosamente aprendido en tantos ámbitos de nuestros espacios cotidianos. Ojo, la receta no está completa. Quintana añade más ingredientes: el más doloroso, las masacres; el menos visible, los intereses económicos internos o externos que disparan (nunca mejor dicho) las acciones golpistas y el alcance territorial, es decir, la fuerza o no de superar su inicio local para coronarse como poder forzado a nivel nacional.

Los golpes, a lo largo de nuestra historia como República y después Estado, han cambiado, como serpientes, de piel: primero como parte del proceso de la constitución republicana, posteriormente como una escalera para posicionarse desde determinadas élites, ya en el siglo XX con el uniforme de acción política militarizada no pocas veces vinculada a Estados Unidos, bajo su conocida intervención en la formación de las capas militares bolivianas. Para leer con más precisión este siglo XXI, Loreta Tellería invita a descifrar los códigos cruzados de los últimos momentos geopolíticos. Hoy, Bolivia ya no es sinónimo de Diablo Etcheverry sino de “litio” y el peor acompañamiento a este plato de fondo es la incertidumbre cuando no el atraso en las políticas estatales y la inestabilidad política (responsabilidad de toda la clase dirigencial que nos ha mostrado uno de los peores espectáculos de su mezquindad en el último tiempo). Loreta no titubea cuando plantea que existen cero diferencias entre Busch, Barrientos, García Meza, Kaliman o Zúñiga: todos ellos se ponen su trajecito de campaña, se miran al espejo y se dicen a sí mismos que van a dar “estabilidad a su país”, tan fácil como cantar, firmes, un himno nacional en la plaza de su esquina.

¿Cómo se gestiona a las FFAA para evitar estas borracheras golpistas? Quintana no duda en ponerle el cartel de “fracaso” a lo hecho en este tema durante el no corto gobierno de Evo Morales (aunque él habla más bien del sistema político y de la propia ciudadanía en la acumulación de un espíritu autoritario), además de subrayar la dimensión colonial (expresada en gran parte en la eterna tensión entre militares y policías). Y como baño de crema a todo este pastel, el exminstro plantea que hoy toca el fracaso de lo que llama un modelo patrimonial (culpa a Luis Arce sin anestesia) que, dice, consiste en concebir a las FFAA como un instrumento, como una extensión del poder político. Así explica que Zúñiga haya acariciado el control del mundo militar desde las entrañas de los servicios de inteligencia. Al otro exministro Reymi Ferreira no le falta razón cuando justifica sus dudas sobre la tesis del autogolpe: ¿qué ganaría el presidente Arce con esta planificación?, ¿por qué se arriesgaría Zúñiga a veinte años de cárcel? Sumado esto al apoyo cero de parte de movimientos cívicos o de los propios sectores empresariales.

Lo que a los no especialistas en asuntos militares nos queda claro a estas alturas del partido es que ni con Morales ni con Arce se logró bajar del caballo del autoritarismo a los dueños de los tanques y las armas. Lo que ya podemos sacar en limpio, después de 2019 y 2024, es que hay que poner mayor atención al factor militar boliviano; sacamos en limpio que cuando no se hace justicia, se deja la puerta entreabierta a los mismos fantasmas en trajecito de campaña; sacamos en limpio que la bota militar sigue siendo un espacio incontrolado, un cruce de distantes intereses y ambiciones. La bota militar sigue siendo una amenaza para la población que vota, que elige, una amenaza para los más humildes que mueren con disparos por la espalda. La bota militar está en crisis y a su diván arrastra al sistema democrático, a nuestra seguridad y a nuestra tranquilidad.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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