Vai ter golpe?, escribe la periodista Eliane Brum en respuesta a las continuas insinuaciones de Bolsonaro, entonces presidente de Brasil, de dar un autogolpe antes de ser derrotado por Lula en las urnas. En ese contexto, apenas dos años atrás, se discutían golpes mediático-jurídicos, golpes parlamentarios, golpes “por recomendación”, como nuevas formas de golpes de Estado que se habían llevado a cabo recientemente en Brasil, Bolivia y Perú. Según Brum, las “nuevas dictaduras” —distinto a las dictaduras militares tradicionales— no comienzan con tanques en las calles, sino con “el estupro del lenguaje”, con la ocupación del imaginario: instalar en la opinión pública la idea que cualquier momento puede haber un golpe. Los nuevos golpes son golpes a la salud mental democrática, comienzan instalando tanques en las preocupaciones y en el lenguaje cotidiano de la gente, en los medios de comunicación, redes sociales y grupos de WhatsApp: Buen día, ¿va a haber golpe hoy?
Sin embargo, el pasado 26 de junio todos quedamos sorprendidos. Después del fracasado intento de golpe al gobierno de Luis Arce Catacora en La Paz, primeras voces identificaron los hechos con el famoso “tanquetazo” contra Salvador Allende en Santiago de Chile, en 1973. Quiere decir, un intento de golpe de vieja escuela. Por el otro lado, no faltó el morboso coro de los que reclamaron la falta de muertos y de autoridades asesinadas, y que por eso denunciaron una supuesta “mentira”, “farsa” o “puesta en escena”, hablando de “autogolpe”.
Resulta que la farsa y la puesta en escena tienen tradición en la discusión crítica de golpes de Estado, al menos desde la teoría política del siglo XIX. En El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, Marx nos recuerda que las grandes luchas políticas, las guerras, las revoluciones, tienen la tendencia de presentarse de manera teatral, de ponerse en escena, usando elementos o narrativas históricas como una especie de indumentaria de campaña, como disfraz. Así por ejemplo Lutero se había vestido como el apóstol Pablo, o la Revolución Francesa había adoptado trajes del Imperio Romano. De igual manera sucede con los golpes de Estado.
Es aquí donde la célebre frase de la repetición de la historia —que los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen dos veces, una vez como tragedia y la otra como farsa— es frecuentemente malinterpretada. Pues tanto la tragedia como la farsa son géneros dramáticos. Y el teatro, independiente del género, esencialmente consiste en su posibilidad de ser puesto en escena, y por ende en su condición de ser repetible.
Y es así, históricamente, que la verdad nunca fue la principal virtud de la política. Por lo contrario, es justamente la teatralidad, la dramaticidad y la performatividad de la política, donde reside su poder de “hacer” historia.
Las alegaciones de autogolpe son el fiel reflejo de la mezquina incapacidad de reconocer la victoria a la voluntad del pueblo. Son profundamente antidemocráticas, son tan deshonrosas como son peligrosas. Sin embargo, es necesario tomar el intento de golpe por lo que es: una escena, que además de constituir un espectáculo mediático global, despertó viejos fantasmas en lo más profundo del imaginario colectivo boliviano. Porque si bien las tanquetas se retiraron de la plaza Murillo, se volvieron a instalar en nuestro lenguaje y en nuestras ideas, como diría Eliane Brum. ¿Quién se asombraría verdaderamente si mañana hubiera otro intento de golpe? ¿Quién se asombraría si esta vez no se queda en intento, pero se logra?
Estamos viviendo momentos verdaderamente dramáticos como país. Mientras se lleven a cabo las investigaciones correspondientes, hasta que no conozcamos los responsables, autores intelectuales y materiales, y las constelaciones de intereses implicados, quienes creemos en nuestra Constitución deberíamos estar unidos en nuestros pensamientos por las victimas —por todas las victimas de los militares en Bolivia—, pero sobre todo de los casi 40 asesinados y sus familias, y los cientos de heridos que lucharon en primera línea en Sacaba y Senkata por defender la democracia y nuestro Estado Plurinacional en noviembre de 2019. A ellos, honor y gloria.
Max Jorge Hinderer Cruz es doctor en filosofía.







