Toda ciudad debe asumir la responsabilidad de proyectarse hacia el futuro, una tarea que exige una comprensión de sus cualidades y características singulares. Asimismo, no solo es preciso pensar en su evolución, sino también en cómo prepararla para enfrentar las nuevas exigencias del mañana.
En este contexto, comprender la realidad actual y las transformaciones que impone es esencial. Sin embargo, esto no debiera significar la destrucción tajante del pasado. Al revés, diseñar el mañana implica recordar que la ciudad del futuro debe estar respaldada por edificaciones relevantes y, al mismo tiempo, por ciertas obras del pasado, reacondicionadas para cumplir con las nuevas expectativas de la sociedad.
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Es crucial reconocer que la nueva cultura de las ciudades es la cultura de la comunicación significativa e interactiva entre los espacios de flujos y los lugares.
Un modelo emblemático de estos lugares es la plaza Murillo, que requiere la reapropiación de obras del pasado, adecuadas e implementadas con tecnología e ingeniería social modernas. De esta manera, la ciudad podría ingresar de forma definitiva en una nueva era urbana, acompañada por edificaciones especializadas, por ejemplo, en lo informacional, que hoy tanto requieren especialmente, las sedes de gobierno.
Para ello, esas respuestas arquitectónicas deben escribir la nueva historia de la ciudad, de su sociedad y la arquitectura. Así se cumpliría la construcción de ese puente imaginario entre la ciudad antigua y la nueva ciudad del futuro.
Las urbes más desarrolladas han sabido conservar obras relevantes del pasado, respetando los distintos tiempos en los que fueron construidas. Y es que la restauración y el reacondicionamiento de la arquitectura forman parte de la transformación de las ciudades del futuro y de la vida de las sociedades, gracias a ciertos hitos urbanos actualizados al presente.
Por todo ello, se debiera evitar el abandono de ciertos inmuebles, ya que colaboraron en construir la historia. Empero, es lamentable ver cómo en la ciudad de La Paz edificaciones, como la casona en la esquina de la plaza Murillo y Genaro Sanjinés, están siendo descuidadas, pese a que nos faltan espacios culturales e informacionales. Aquellas podrían convertirse en fuentes clave para la revitalización urbana, funcionando como puentes entre las redes electrónicas y la ciudad.
La idea de la ciudad red, concebida hace algunos años con una mirada al futuro, se ha impuesto rápidamente gracias a la tecnología informacional. Esto ha llevado a que ciertas obras del pasado se transformen en centros informacionales.
No se puede omitir que la ciudad contemporánea requiere lo informacional, pero apoyada con propuestas relevantes que tengan un valor particular por su calidad arquitectónica.
O en su caso, se propongan proyectos de impacto arquitectónico. Un ejemplo notable de aquello es el Guggenheim en Bilbao, España. Un museo contemporáneo instalado al medio de la ciudad.
En conclusión, los nuevos tiempos debieran revalorar ciertas edificaciones del pasado, lo que no significa que desde esta columna se insta a mantener una especie de fantasmagorías del pasado urbano. Todo lo contrario, se proyecten nuevas edificaciones contemporáneas de significativo valor urbano-arquitectónico. Así, lograremos construir una ciudad que respete su historia mientras se proyecta hacia su futuro.
(*) Patricia Vargas es arquitecta







