Hace ya 25 siglos, un sofista llamado Protágoras sentenció que “el hombre es la medida de todas las cosas”. Relativizaba las certezas al mismo tiempo que señalaba una escala para el mundo. A la humanidad, parece que desde siempre, le gusta medir y tomar medidas, que no siempre son lo mismo; tiene que ver con la innata inclinación a conocer, pero también a controlar.
Se puede tomar medidas empleando sistemas de medición, que a lo largo de la historia de la humanidad no han hecho más que sofisticarse hasta, literalmente, el infinito. Pero también se toma medidas cuando algo necesita corrección, mejora o transformación, como cuando el hijo adolescente está descontrolado o lo mismo, pero con la opinión pública; a veces son medidas reactivas que se agotan pronto, otras son más duraderas, pero también cuesta más implementarlas. Cuando la mirada es de corto plazo, las primeras abundan y las segundas escasean.
Hay medidas de todo y para todo. Al parecer, a la gente le gustan las encuestas tanto como los crucigramas, y ambas vienen vistosamente ilustradas. Por lo general, los reportes de encuestas muestran medidas de tendencia central, indicadores como el promedio, la media o mediana, que resumen un conjunto de datos con un solo valor representativo, creando la falsa ilusión de unanimidad, y casi nunca las medidas de dispersión, que muestran la realidad de cuán dispersos y alejados están los datos respecto de la media; la dispersión ocurre porque cada persona mira y juzga el mundo desde su circunstancia, es decir desde su medida de todas las cosas.
También hay individuos que confunden la máxima protagórica creyendo que ellos son la medida de todas las cosas, como el rey que creía ser el Estado, o sus muchos émulos contemporáneos, que dicen ser el pueblo, atribuyéndole vicios y defectos propios y ajustando la realidad a la medida de su visión y no al revés. Suelen terminar provocando medidas extremas y hasta transformadoras, pero casi siempre imprevisibles, o sea, con consecuencias imposibles de medir a priori.
En el ámbito legal hay medidas cautelares, acciones provisionales que un juez puede tomar para asegurar el cumplimiento de una sentencia futura, pero que en sociedades con gobiernos de escasa vocación democrática terminan por llenar las cárceles con personas sin sentencia. Hay medidas legislativas, incluyendo la aprobación y sanción de proyectos de ley; en esos ámbitos, cuando la frustración gana, agarrarse a puñetazos en el hemiciclo es una medida desesperada, y equivocada.
Las mediciones más antiguas de la humanidad son, seguramente, el tiempo y el espacio, estructuras fundamentales (Kant dixit) sin las cuales es imposible organizar la experiencia humana. Como el ser humano es la medida de todas las cosas, desde muy antiguo se usan las partes del cuerpo para calcular longitudes: un codo, un pie, una pulgada, el ancho de la mano. Los sumerios de Mesopotamia, muchos siglos antes de la Revolución Francesa y su sistema métrico decimal, ya habían dividido la esfera en 60 partes, como la cara del reloj, que mide el paso del tiempo siempre de la misma manera, sin que eso altere el hecho que su velocidad no depende del complejo mecanismo que mueve las agujas sino de la experiencia del individuo; ya lo dijo Kazantzakis: el tiempo es el latido de un corazón.
Más recientemente han aparecido nuevas medidas, que se nombran con la palabra en inglés, pero castellanizada: métricas, que a su vez, según el diccionario, es el femenino del adjetivo que nombra las medidas asociadas al metro. Es irónico: este uso del lenguaje “no autorizado” por la Real Academia a nadie parece incomodarle, todo lo contrario de cuando se feminizan sustantivos y adjetivos que nombran la vida y los cuerpos de las mujeres.
25 siglos después, Protágoras, de quien se dice que ganaba mucho dinero y que era como una estrella de rock, pero en filosofía, sigue siendo vigente, tal vez más que nunca gracias a que la posmodernidad (o el realismo capitalista, si se prefiere) hizo añicos las certezas y los grandes relatos de la humanidad, dejando un rastro de relativismo que irrita a quienes quisieran un poco de certeza ideológica, e inspira a quienes promueven agendas fascistas gracias a que “su” verdad puede ser, cuando menos, aceptable.
Claudio Rossell Arce es profesional de la comunicación.







