Sobre los resultados parciales del Censo 2024 en Bolivia, que fueron presentados a la población hace una semana, aún se continúa polemizando bastante. Algunos (pocos) expertos en la temática han salido a levantar su voz señalando que se trata de datos creíbles y que debemos iniciar un periodo de cotejamiento y confirmación de los datos presentados además de una espera de los datos completos. Las autoridades de niveles subnacionales —sobre todo del eje central— casi en su totalidad se han posicionado en la vereda de la negación de los datos hasta ahora conocidos y los más ágiles políticamente, luego de haber sembrado la duda, se acuartelaron a construir los argumentos sobre ella. Y, finalmente, buena parte de las y los políticos restantes así como otra parte importante de la ciudadanía, pareciera haber optado por sumarse a la ola de escepticismo: ese dato no me representa, afirman.
Es evidente que el gobierno atraviesa uno de sus peores momentos de popularidad. También es cierto que estamos en el medio de un incierto proceso de debilitamiento de nuestra democracia que tiene al Estado operando dentro de los mínimos institucionales, lo que incluye la ilegitimidad de casi todas sus instituciones. Y es también verdad que, como sociedad, estamos polarizados y atrincherados, más distantes que lo normal de la realidad de nuestras/os compatriotas. Si además a ello le sumamos que este Censo ha tenido muchos tropiezos para arribar a este incierto puerto y que en la espera de estos resultados la disputa electoral ha sido formalmente inaugurada, pues es más que claro que están sobre la mesa muchas variables que explican la incredulidad generalizada.
La vieja idea de que a fuerza de repetición, se llegan a instalar ideas se posiciona en la actualidad con mucha más fuerza que antes. Desde que los fenómenos (des)informativos han actualizado sus formas y usos gracias al desarrollo tecnológico, saberlo se ha vuelto común. Lo que creemos hoy en día de la realidad que nos rodea, es el campo de batalla sobre el cual se libran las disputas de sentido promovidas por quienes tienen intereses en modificar nuestras percepciones sobre el mundo que nos rodea. Ha sido históricamente así y hoy estamos más conscientes de ello. Lo que sí viene siendo novedoso son los impactos y efectos que en las y los individuos producen estos procesos (des)informativos y cómo modifican las percepciones de nuestras sociedades, llevándonos algunas veces a creer que nuestra idea del mundo (distorsionada por efecto de estas operaciones) es correcta incluso cuando se opone a los datos. De ahí que el también ya conocido “dato mata relato”, (ya) no funciona realmente tan así.
En ese marco, resulta llamativo que así como ocurrió con la narrativa de un supuesto fraude electoral el año 2019, lo que ahora han pasado a denominar “fraude censal”, “robo de personas” o hasta un “genocidio censal” (sic); se trata también de un relato anunciado y construido con mucha anterioridad y eso lo sabemos todos/as. Lo que llega a parecer grave es esta imposibilidad de quienes han demostrado dificultad para separarse de la fácil consigna y optar por cuestionar el dato con la simple sensación/vivencia personal como argumento. Lo que hace que, al final de cuentas, de la manera más conservadora posible, se reclame que nuestro presente se parezca a lo que prometió ser desde la mirada del pasado. O, más bien, que la realidad total se parezca a la parcela que una/o sí puede ver.
El presente del país es dinámico, desemejante, complicado y desafiante. Y, vistas las cosas, distinto a lo que pre concebíamos. Tanto así que, a pesar de todas las razones esgrimidas para una razonable desconfianza que corresponde sea resuelta “en mesa” y con todos los actores, la siguiente bifurcación dividirá a quienes se atreven a ver la realidad de frente y a quienes se queden desconfiando de ella.
Verónica Rocha Fuentes
es comunicadora.







