Casi silenciosamente eventos preparativos vienen desarrollándose sin lograr colocar en la agenda de la opinión pública el diálogo que debiera generar un Congreso Plurinacional de Educación. Van emergiendo documentos con reclamos y pliegos variopintos, periféricos y sectoriales; pocos elementos orientados a lineamientos de políticas educativas serias, estructurales.
Centrémonos por ahora en otro aspecto que merece la atención de este Congreso: la educación intracultural, intercultural y plurilingüe (EIIP).
Son pocos, y pintorescos, los personajes que continúan patinando en la aparente contradicción entre conocimientos originarios o conocimientos universales, entre lo local y lo global. La Constitución (Art.78) y la Ley N° 070 (Arts. 3-5) establecen que la educación debe ser tanto intracultural, intercultural y plurilingüe, como abierta, humanista, científica, técnica y tecnológica. El planteamiento disyuntivo —con la o— es un error; la perspectiva correcta es la de la conjunción —con la y—, la complementación.
Hay avances en la interacción respetuosa entre culturas (interculturalidad) y una gradual valoración de las lenguas originarias (plurilingüismo); las nuevas generaciones tienden a ser más abiertas a las diversidades en general y a la diversidad cultural del país en particular. Queda mucho por hacer, pero comparando la realidad actual con la de hace 20 años, las diferencias son notables.
Los procesos educativos para el fortalecimiento de cada nación y su cultura (intraculturalidad) tienen, en cambio, pocos avances. No se pudo acceder a información oficial sobre la cantidad de estudiantes de naciones originarias que desarrollan sus procesos educativos en la lengua de su nación ni de aquellos que se alfabetizan en su lengua materna; todo apunta a que siguen siendo excepciones. Atender los primeros años de escolaridad en la lengua materna de los estudiantes redunda en los logros de aprendizaje y los cimientos de aprendizajes posteriores.
Ligado a lo anterior están los currículos regionalizados —planes, programas y criterios metodológicos basados en los saberes y conocimientos de cada nación— que debieran armonizarse con el currículo base en complementariedad. Hay un número considerable de currículos oficiales de naciones —no propiamente “regionalizados”—, cada uno con criterios distintos en su construcción, y todos ellos sin un real mecanismo de implementación. Contamos con documentos, pero no con procesos educativos reales que incorporen de manera sistemática los saberes de las naciones originarias en las escuelas.
¿Qué pasó con este componente esencial de la educación? La respuesta es compleja; nos limitemos a mencionar que los avances se han centrado en generar la institucionalidad encargada de desarrollar la EIIP. Se ha creado el Instituto Plurinacional de Estudio de Lenguas y Culturas (IPLC) y un número considerable de Institutos de Lengua y Cultura (ILC) para cada nación, instancias llamadas a fortalecer y desarrollar las lenguas y culturas, pese a ello crece la preocupación sobre una sostenida disminución de hablantes de lenguas originarias (los resultados del censo podrán arrojar más luces al respecto), con las consecuencias que de ello se derivan.
En este como en otros casos, la política educativa ha sido absorbida por la burocracia, las dinámicas prebendales y, paradójicamente, actitudes coloniales que muestran cómo el contar con instituciones no es suficiente para garantizar el derecho a la educación; en casos extremos se ha llegado a mercantilizar con la lengua originaria y se han reducido las culturas a ornamentación de eventos públicos. Es de esperar que el Congreso dé lineamientos para revitalizar, desde la educación, nuestras culturas y lenguas.
Luis Fernando Carrión Justiniano es educador e investigador boliviano.







