De un tiempo a esta parte, políticos, exautoridades, medios de comunicación se refieren a las clases medias como número desideologizado, como masa votante anodina, como sujeto social incomprensible en tiempos de modernidad, o desde el contenido de un TikTok de influencers, hasta lo hacen con epítetos descalificantes como, por ejemplo, cuando García Linera les llama la izquierda de cafetín perfumada que observa desde la comodidad de un café.
Valdría la pena entonces recordar que fue esa clase media la que durante las luchas sociales post neoliberalismo y pre proceso de cambio marchó en las carreteras, vivió en las comunidades indígenas, generó innumerables espacios de reflexión, hizo huelga de hambre y optó por ponerse al lado de los movimientos sociales y populares para ayudar a levantar un país que reportaba cada vez más pobreza, desigualdad, discriminación, e injusticia.
No de otro modo el movimiento popular hubiera llegado al gobierno en 2005 para autogobernarse. Se llegó con nuestros votos, los votos de las y los que vivimos en las ciudades y fue esa misma clase media progresista y comprometida con el país y las luchas sociales la que ingresó en masa y sin cálculos respecto a las consecuencias en sus entornos sociales y familiares la que puso su capacidad para ayudar a pensar, escribir e implementar políticas públicas y normativa para una mejor y más justa distribución de la tierra; la recuperación del patrimonio estatal que había sido inducido a la quiebra, privatizado o capitalizado; la incorporación y reconocimiento de derechos para las mujeres, las diversidades y los pueblos indígenas, la creación e implementación de este modelo boliviano de redistribución de ingresos e hicieron exhibición de orgullo con cada cambio, cada logro, mientras este fuera parte de la agenda estratégica progresista.
¿Cuál la tensión entonces en estos tiempos en los que hasta de traiciones hablan? Quienes conducen la izquierda claramente dividida, parecen haberlo olvidado que no lo hicieron solos y no volverán solos, pues para recuperar esa mayoría clasemediera de ciudad de izquierdas, se requieren acciones, posiciones y agenda progresista que ilusione, no lo que apreciamos a diario en la exhibición grotesca de antivalores, en la que incluso arriesgan nuestras conquistas como cuando el propio presidente del Senado afirma que la Ley 348 para eliminar y sancionar la violencia contra las mujeres es una ley anti hombres, haciendo gala de su desconocimiento y ninguneo de esta Bolivia que muchas y muchos ayudamos a cambiar.
Bolivia es hoy otra y por lo mismo con sentires nuevos, y tendrán que acordarse para las elecciones 2025 que los cambios sociales y el país se construyen con las mujeres, con las clases medias y que nuestros votos no son cheques en blanco.
Susana Rivero Guzmán es abogada feminista, constitucionalista y penalista.







