Desde el año 2005, la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas designó el 27 de enero como Día Internacional de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto, con el objetivo principal de inculcar en las generaciones futuras las enseñanzas del que fue, sin duda, el más macabro episodio de la historia de la humanidad en cuanto a violación de Derechos Humanos. En esta resolución, el mundo rechaza toda negación, ya sea parcial o total, del Holocausto como hecho histórico y condena sin reservas todas las manifestaciones de intolerancia religiosa, incitación, acoso o violencia contra personas o comunidades basadas en el origen étnico o las creencias religiosas, dondequiera que tengan lugar.
El campo de concentración de Auschwitz, liberado en enero de 1945 por las tropas soviéticas, fue el más grande y grotesco de todos los campos de exterminio y dejó su marca como uno de los lugares más tristemente célebres del Holocausto, donde más de un millón de personas fueron exterminadas en cámaras de gas, en trabajos forzados o morían cruelmente por enfermedades provocadas; la gran mayoría de ellos eran judíos alemanes, pero también había polacos, romaníes y personas de otras nacionalidades.
Durante la Segunda Guerra Mundial, aproximadamente 2,7 millones personas fueron asesinadas en los centros de exterminio y 2 millones de personas fueron asesinadas en operaciones de fusilamiento masivo y masacres relacionadas. Entre 800.000 y 1.000.000 de personas fueron asesinadas en ghettos, en campos de trabajo y en campos de concentración, y al menos 250.000 personas fueron asesinadas en otros actos de violencia fuera de los campos y los ghettos. En total, más de 6 millones de personas fueron asesinadas por el régimen nacional socialista alemán en lo que fue un genocidio de proporciones bíblicas.
El dato más cruento e inaceptable para la naturaleza humana es que de estos 6 millones de seres humanos, más de un millón eran niñas y niños, seres inocentes que junto con los adultos mayores tenían la tasa de supervivencia más baja en los campos de concentración y exterminio. Sabemos que toda forma de violencia y genocidio es rechazable y condenable, empero, la peor de todas, la que hiere la sensibilidad más íntima de los seres humanos, es la violencia y genocidio contra los niños. Los niños no vienen al mundo con una ideología ni posición política; los niños nacen a la vida con la inocencia más pura, sin entender en definitiva que es lo que ocurre y porque ocurre y en ninguna circunstancia merecen sufrir violencia y mucho menos morir.
Hoy, cuando conmemoramos 80 años del fin del Holocausto, nuestra deuda con la humanidad sigue siendo, lamentablemente, el evitar el exterminio de seres humanos y especialmente de niños. Veamos, sin ir lejos, lo que recientemente ocurrió en la Franja de Gaza donde al menos 10.000 niños perdieron la vida, según datos de Unicef. Al parecer, la humanidad, con todo su desarrollo, con todo su avance, con todo aquello que han construido el hombre y la mujer sobre la faz de la tierra, en algunos casos y en algunas regiones, sigue sin entender que la vida humana es la razón de la existencia misma del Estado, la sociedad e incluso el orden internacional.
Lamentablemente, los discursos de odio y la maldad encaramados en el poder, que siempre han precedido a los genocidios, aún siguen existiendo en nuestros días. Ni la organización de todas las naciones del mundo en busca de la paz ni todo el avance del Derecho Internacional de los Derechos Humanos han conseguido que existan mecanismos objetivos de proteger y defender la vida de gente y niños inocentes.
Quizás la única salida sea, en definitiva, propiciar en serio la tolerancia y la comprensión entre las personas, el respeto al derecho de los demás, aprender de los grandes líderes de la humanidad que han liberado a sus pueblos en paz, destacado su gran espíritu de solidaridad y afecto al prójimo, como Mahatma Gandhi y Nelson Mandela. Pero, sobre todo, extinguir los mensajes y discursos de odio en la política tan frecuentes en nuestros días, incluso al interior de nuestro país donde todos parecen competir por ser el más duro y cruel con el adversario, donde parece ganar el que más amenaza y más odio y venganza siembra y promete, llevando siempre a nuestro pueblo a enfrentarse entre sí, lejos de la reconciliación tan necesaria para nuestro futuro y el futuro de toda la humanidad.







