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¿Borrar del mapa a Irán?

Cuando un país con 400 ojivas nucleares no declaradas bombardea a otro que no tiene armas atómicas, debería llamarse terrorismo de Estado. Cuando lo hace matando científicos y civiles, es un crimen de guerra, y cuando la “comunidad internacional” guarda silencio, se llama complicidad; pues los recientes ataques israelíes contra instalaciones civiles y militares iraníes […]

Jesús bombardeado por Israel
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Por Sdenka Saavedra Alfaro
La Paz / junio 19, 2025
en Voces

Cuando un país con 400 ojivas nucleares no declaradas bombardea a otro que no tiene armas atómicas, debería llamarse terrorismo de Estado. Cuando lo hace matando científicos y civiles, es un crimen de guerra, y cuando la “comunidad internacional” guarda silencio, se llama complicidad; pues los recientes ataques israelíes contra instalaciones civiles y militares iraníes no son un “acto defensivo”, sino la demostración de que el verdadero peligro nuclear en el Asia Occidental lleva la estrella de David.

El ataque a Natanz y a zonas residenciales de Teherán, Isfahán y otras provincias iraníes —con más de 80 muertos, incluidos generales y científicos nucleares— ocurrió en un momento revelador: justo cuando Irán presentaba pruebas de que el director de la AIEA, Rafael Grossi, filtró información a Israel durante años: ¿Coincidencia? Solo para quienes aún creen en las casualidades geopolíticas.

Israel posee entre 75 y 400 ojivas nucleares (según el experto israelí Michael Karpin) desarrolladas en secreto en Dimona (con ayuda francesa en los 50), aplicando una política de “ambigüedad nuclear” que le permite evadir el TNP y rechazar inspecciones. Pese a ser el único Estado nuclearizado de Oriente Medio, recibe apoyo militar de Estados Unidos y Europa, incluyendo misiles Jericó III (alcance: 6.500 km).

En contraste, Irán —firmante del TNP— aceptó en 2015 el régimen de inspecciones más estricto de la historia (JCPOA), certificado por la AIEA hasta que Estados Unidos abandonó el acuerdo, pese a que 2013 el Ayatolá Jamenei emitió una fatwa prohibiendo las armas nucleares por principios islámicos, una posición confirmada incluso por la inteligencia estadounidense.

Mientras Israel moderniza su arsenal clandestino, Irán desarrolla energía nuclear civil (isótopos médicos, reactores de investigación). La disparidad de trato expone la hipocresía global: se sanciona a Teherán por centrifugadoras; pero se arma a Tel Aviv pese a su arsenal no declarado, siendo que el verdadero peligro proliferador no está en el Golfo Pérsico, sino en el Mediterráneo oriental.

Mientras los titulares occidentales demonizan el uranio enriquecido al 3,67% de Irán (para reactores médicos), ocultan que Israel produjo plutonio para bombas en Dimona durante décadas; mientras sancionan a Teherán por misiles defensivos, venden F-35 a Tel Aviv. Ésta no es diplomacia: es apartheid nuclear.

Esta doble moral nuclear no es casualidad, sino estrategia, el mismo establishment que justifica el monopolio atómico israelí como “disuasión necesaria” convierte el programa civil iraní en una “amenaza global”.

Mientras Irán es acusado de enriquecer uranio al 3,67% (nivel apto solo para hospitales), Israel acumula 90 kg de plutonio militar anual en Dimona (según el Stockholm International Peace Research Institute).

La ironía es grotesca: se imponen sanciones asfixiantes a Teherán por desarrollar cohetes Qiam-1 (alcance: 800 km); pero se celebran contratos billonarios para dotar a Israel de escudos antimisiles Arrow-3 y submarinos nucleares Dolphin-class. La narrativa mediática oculta que Israel ha amenazado explícitamente a Irán, mientras el país persa jamás ha invocado la destrucción de otro Estado.

Este apartheid nuclear global consolida un orden donde solo algunos países tienen derecho a la “seguridad”; mientras otros son condenados por buscarla, la pregunta no es sobre proliferación, sino sobre ¿quién define qué proliferación es legítima?

No es casual que estos ataques ocurran mientras Gaza supera los 55.000 mártires; ya que Israel necesita distraer la atención de su genocidio y evitar que Irán —el único Estado que armó a la Resistencia Palestina cuando todos hablaban de “procesos de paz”— siga desnudando su naturaleza colonial.

La misma AIEA que acusa a Irán con informes basados en “inteligencia” israelí, nunca investigó las nueve instalaciones nucleares clandestinas que Mordejai Vanunu reveló en 1986.

Hoy bajo el mismo pretexto de Irak por sus “armas químicas” imaginarias, Occidente quiere borrar a la República Islámica, por ende, hasta que no desmantelen el arsenal de Dimona, las lecciones de Netanyahu sobre no proliferación de armas nucleares son como un pirómano dando clases de paz y convivencia pacífica.

El problema nunca fue la proliferación nuclear, sino quién prolifera. Cuando es Israel, Estados Unidos llama “disuasión”; cuando es Irán, lo llaman “amenaza”, pero los hechos son tercos: el único país de la región que ha usado armas nucleares (contra civiles japoneses, Estados Unidos) y el único que amenaza con destruir Irán y a sus vecinos (como Netanyahu hizo con Palestina) no está en Teherán; sino en Tel Aviv.

Sdenka Saavedra Alfaro es escritora, corresponsal internacional de HispanTV.

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