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Viajar por tren

Estar en el tren es ingresar a un hábitat singular, especialmente cuando se viaja en el tren metropolitano, aquel que se dirige, sobre todo, hacia el Valle Alto cochabambino. En los primeros días de su inauguración, por la novedad que suscitaba este transporte en los pasillos de este tren moderno, estaba atiborrado de gentío; se […]

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Por Yuri F. Tórrez
HURGANDO EL AVISPERO
La Paz / abril 4, 2026
en Opinión>Columnistas

Estar en el tren es ingresar a un hábitat singular, especialmente cuando se viaja en el tren metropolitano, aquel que se dirige, sobre todo, hacia el Valle Alto cochabambino. En los primeros días de su inauguración, por la novedad que suscitaba este transporte en los pasillos de este tren moderno, estaba atiborrado de gentío; se cruzaban personas que veían con curiosidad inusitada el retorno de un viejo hábito cochabambino: viajar en tren, con aquellos lugareños que tenían, a partir de ese momento, un medio opcional para desplazarse a sus lugares cotidianos de trabajo y familiar.

Después de sentir una brisa que anuncia el inicio del otoño, la primera sensación al sentarse en el tren es una exhalación por la liberación del aire acondicionado que estaba comprimido. Mientras tanto, las ruedas muerden el riel casi silenciosamente —a diferencia de antes, caracterizado por un ruido estruendoso— para arrancar con el viaje deseado.

Desde la ventana se observa el paisaje que bordea al Cementerio General: casas de muros de ladrillos, pero también edificios modernos que refleja ese contraste urbanístico. En esos estrechos espacios donde discurre el tren, se observa aquello que las propias calles y avenidas ocultan, especialmente la avenida Blanco Galindo, que une la ciudad de Cochabamba con Quillacollo.

En un cerrar de ojos se atraviesa la ciudad para adentrarse en aquellas poblaciones que todavía, a pesar de la presión demográfica, conservan su rostro rural: Colcapirhua, Quillacollo, Vinto o Suticollo, que en su conjunto forman parte de ese vergel cochabambino aún vivo. El paisaje empieza a rodar: molles, eucaliptus, santa ritas trepándose por muros y paredes de las casas, sembradíos de variados productos agrícolas y cerros que se alcanzan a ver —a ambos lados de las ventanas del tren— que le otorga un aura paradisiaca.

Al adentrase a lugares más alejados de los centros urbanos se ven esas oposiciones: casas viejas con casas nuevas. O sea: donde viven pobres y ricos. Algunas casas mantienen la memoria del lugar: casas rústicas de adobe y techos de tejas coloniales; al lado, animales de corral con huertas o un abigarrado atiborrado de sembradíos. Otras son casas nuevas con ladrillos vistos, churrasqueras, chimeneas, jardines parisinos e, inclusive, con piscinas.

Este tren que atraviesa toda el área metropolitana de Cochabamba se convirtió en un transporte moderno, cómodo y barato para aquella población que vive alrededor de los rieles del tren, que sufre de los asfixiantes trufis y colectivos, y, de yapa, del maltrato de los choferes. O sea: el tren volvió a los pobres.

El tren tiene una larga data en Cochabamba. Desde su aparición, a inicios del siglo XX, esa máquina de vapor se convirtió en un ethos de la identidad valluna. El tren y el tranvía eran parte del jolgorio de la modernidad cochabambina. Cuarenta años después, con el advenimiento del automóvil desaparece el transporte de los pobres: el tranvía. Los rieles eran considerados por la élite cochabambino como un atentado para los motores de los autos importados que carecían de amortiguadores. Hoy, el tren metropolitano reactiva un imaginario k’ochala asociado inexorablemente a los rieles.

Ironías de la vida. Como ocurre siempre, los privilegios de algunos, aquellos que tienen autos es en contra de los derechos de los demás, o sea, de la mayoría, de los pobres. Por esta sencilla razón, el tren metropolitano restituye un viejo derecho fundamental de los pobres a un transporte digno y barato.

*Es sociólogo.

en tendencia: Opinión

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