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Severino Zapata, una calle y un olvido

Severino Zapata, usted se esfumó en la historia. Desapareció, sin dejar rastro, apenas una calle. Todo lo que sabemos hoy se reduce a sus días como último prefecto del Litoral con base en Antofagasta. ¿Cuándo nació? ¿Dónde murió? Después de la invasión de nuestras costas soberanas, se pierde todo su rastro. Sabemos que peleó con […]

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Por Ricardo Bajo
/ julio 15, 2020
en Columnistas, Opinión

Severino Zapata, usted se esfumó en la historia. Desapareció, sin dejar rastro, apenas una calle. Todo lo que sabemos hoy se reduce a sus días como último prefecto del Litoral con base en Antofagasta. ¿Cuándo nació? ¿Dónde murió? Después de la invasión de nuestras costas soberanas, se pierde todo su rastro. Sabemos que peleó con Eduardo Abaroa, Ladislao Cabrera y 130 patriotas bolivianos en la defensa de Calama; que combatió en Tacna en la batalla del Alto de la Alianza. Y después, la nada. La Alcaldía de La Paz colocó su nombre en una calle cortita a un costado de la Universidad Mayor de San Andrés. Calle S. Zapata. Muchos años después, la gente del barrio rebautizó la calle como “General Zapata”. Las películas mexicanas que honraban la legendaria Revolución Mexicana estaban de moda. Los buenos eran cuates y los malos eran pinches. Usted no llegó a general, se quedó en coronel, antes de perderse en nuestra memoria.

Hemos olvidado su nombre, camarada Severino, y lo peor nadie se acuerda de su ejemplo, de su pacifismo, de su entrega, de su fidelidad y valentía, de sus palabras. De como se enfrentó sin miedo a George Hicks, gerente de la poderosa Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta. De como salió el doncito inglés con el rabo entre las piernas aquel catorce de febrero maldito huyendo al buque blindado Blanco Encalada fondeado en el puerto. De como le dijo en su cara que usted había dado la orden expresa de rematar todos los bienes de su empresa por no pagar impuestos, el famoso 10%, la excusa de la usurpación.

Don Severino, usted siempre confió en el talente de los pueblos hermanos y civilizados pero cuando la monstruosa injusticia mostró su cara no dudó ni un segundo. “Sin fuerza para combatir a los invasores que, alentados por nuestra debilidad, hacen gala de la entereza usurpando derechos y hollando la dignidad del boliviano, a nombre de la Patria abofeteada, os llamo, bolivianos, a que os reunáis en torno del desagarrado pabellón de Bolivia…”. Leo hoy sus palabras en el periódico El Comercio y me emociono.

Hemos olvidado también, coronel, que junto a su escasa guarnición de 60 gendarmes, salió por tierra hacia Cobija para montar la resistencia, que echó la última mirada hacia el puerto de Antofagasta para divisar a los tres vapores blindados de Chile con planchas de nueve pulgadas, que abandonó solo cuando se consumó la invasión. Pocos recuerdan que luego se replegó al interior del litoral para preparar la defensa de Calama, que usted estaba dispuesto a cumplir, mientras resistía en el vado de Yalquincha, aquella vieja divisa de la Roma antigua: «Dulce et decorum est pro patria mori».

¿Cómo llegó la hora de su muerte? Tal vez corrió la suerte de muchos soldados entristecidos por la pérdida absurda de nuestro mar: el suicidio. Como lo hizo el general José Manuel Rendón en septiembre de 1908 en Iquique. Sabemos que también estuvo en la última batalla de la guerra, entre los 5.500 soldados bolivianos y 6.500 peruanos en el terreno desértico del Alto de la Alianza, cerca de Tacna, al mando de la 2.ª División del Ejército Boliviano con cargo de los Batallones Tarija 7°, Chorolque 8° y Grau 9°. Y despúes, la nada. Dicen que volvió a La Paz, dicen que apenas queda su apellido en una calle.

Hoy me he acordado otra vez de usted, coronel Zapata. La Alcaldía de La Paz está renombrando las calles del centro con el apoyo de una empresa de pinturas. De la privatización del espacio público, hablaremos otro día. Hoy su calle, don Severino, ha pasado a llamarse “calle Emiliano Zapata”. Ha sido solo por 24 horas, no tema. El alcalde Luis Revilla me ha dicho en Twitter que ha sido un error y en verso ha añadido: “Ya he instruido la corrección, gracias por la preocupación”. En la calle solo queda un número, el 110, junto a un chifa. Dice “S. Zapata”, ese Zapata que es el nuestro. Ese Zapata olvidado como tantos otros que llevan las calles su nombre. ¿Quién se acuerda de un camarada suyo, J.J. Pérez? ¿Y de Lisímaco Gutiérrez, Agustín Aspiazu, Belisario Salinas, capitán Ravelo, Pedro Salazar, Fernando Guachalla…? Son nombres, son calles, cerca de la suya, nada más. Se ama sin razón y se olvida sin motivo. Don Severino, usted simplemente no se lo merece.

*Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter:
@RicardoBajo

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