La persistente confrontación en torno a las narrativas sobre la crisis político-institucional de 2019 se expresa y prolonga en la disputa por los símbolos. Esta vez, el bochornoso acto por los 211 años de la gesta libertaria en Santa Cruz dejó como saldo un nuevo agravio a la wiphala, que pronto derivó en actos de desagravio. No hay tregua en la polarización política.
Uno de los momentos críticos de tensión y conflicto tras el derrocamiento del expresidente Morales en noviembre de 2019 fue la quema de la wiphala, que también fue arriada del edificio de la Asamblea Legislativa Plurinacional y quitada del uniforme de algunos policías que se habían amotinado. La wiphala, expresión de identidad de diferentes naciones y pueblos indígenas y reconocida como símbolo oficial del Estado en la Constitución Política, fue reducida por los opositores a “bandera del MAS”.
La reacción de la población que se sintió ultrajada, en especial en la ciudad de El Alto, fue inmediata y terminante. Hubo movilizaciones al grito de “la wiphala se respeta”. Con temor, quienes habían despreciado a la wiphala pronto dieron marcha atrás. Entre otros, el entonces comandante de la Policía pidió disculpas en nombre de la institución, comprometiéndose a respetar y hacer respetar “los inmaculados símbolos patrios”. La wiphala volvió a izarse, junto con la tricolor, en los edificios públicos.
El propio Luis Fernando Camacho, entonces dirigente cívico, reconoció desde un cabildo: “Hay que aprender a respetar esta bandera porque representa a los indígenas y porque está estipulado (sic) en nuestra Constitución Política”. Menos de dos años después, el mismo Camacho, hoy gobernador cruceño, olvidó sus palabras y pasó a descalificar la wiphala: “Han venido a querer imponer su bandera, el pueblo la ha sacado, a nosotros no nos representa”. Sin escalas, pasó del respeto a la negación.
La vertiginosa disputa continúa. En el acto oficial del 24 de septiembre en Santa Cruz, el vicepresidente David Choquehuanca izó la wiphala junto con la tricolor. Tras el discurso de Camacho, sus seguidores la bajaron. Fue un agravio. El Gobierno anunció juicios. Entre el lunes y martes hubo actos de desagravio en diferentes lugares del país. “La wiphala se respeta”, exigió el presidente Arce. Una marcha llegó a la Gobernación cruceña e izó la wiphala. “Son unos vándalos pagados”, insultó Camacho. E instruyó bajarla otra vez.
¿Qué sigue? ¿La confrontación política, que no cesa, seguirá atizando la peligrosa disputa de símbolos? ¿No será más sensato asumir que en el Estado Plurinacional con autonomías conviven la bandera tricolor, la wiphala, el escudo de armas, la kantuta, la flor del patujú? La crisis de 2019 demostró que el desprecio de símbolos como la wiphala y la negación del “otro” conducen a la violencia y la vulneración de derechos humanos, con fuerte carga racista. La convivencia democrática se construye con respeto.





