El domingo último se publicó en nuestra revista Escape un extenso reportaje sobre una “molécula desconocida” que está causando gran mortandad entre las colonias de abejas productoras de miel en muchas granjas del oriente boliviano. La situación está pasando de dramática a desesperada para los criadores de abejas, pero es solo el síntoma de algo mucho más preocupante.
Se trata de un reportaje escrito y publicado gracias al Fondo de Apoyo Periodístico “Crisis Climática 2021” que impulsan diversas organizaciones que trabajan en la materia, en el que se revela que la mortandad de abejas meleras está directamente relacionada con una molécula que solo es desconocida porque no está en la lista de químicos autorizados por el Servicio Nacional de Sanidad Agropecuaria e Inocuidad Alimentaria (Senasag) para su uso en la agricultura.
Está, sin embargo, presente en muchos campos de cultivo, desde los pequeños y medianos hasta los más grandes. Se presume que se trata de fertilizantes y plaguicidas que ingresan al país de contrabando y son usados sin control alguno. Su uso también está asociado con los cultivos de semillas genéticamente modificadas, cuyas propiedades “milagrosas” tienen que ver con los químicos necesarios para asegurar el desarrollo de esos cultivos, y que por sus efectos en la salud humana y en la propia tierra son también llamados “agrotóxicos”.
No es un asunto menor, y tiene que ver con el modo en que la humanidad sigue creyendo en el desarrollo sin límites que imaginó la razón moderna en el siglo XIX y que toma a la naturaleza como fuente ubérrima de toda clase de materias primas para beneficio exclusivo del ser humano. Esa razón es la que produjo las revoluciones industriales y el progreso que se conoce actualmente, pero también los excesos que han puesto al planeta Tierra al borde de una catástrofe ambiental como la que se vive hoy y que ha ocupado a mandatarios, políticos y expertos reunidos en la 26 Conferencia de las Partes en Glasgow.
No solo las abejas están amenazadas; en general toda forma de vida que sea diferente a las semillas, incluyendo a los humanos, puede resultar afectada. Argentina y Brasil, por citar solo los ejemplos más cercanos, tienen innumerables casos de niñas y niños con graves alteraciones genéticas que causan deformidad física y varias clases de discapacidad. Lo peor de todo es que la introducción de esas semillas se hace a nombre de la seguridad alimentaria de los pueblos, aunque ninguno de los países nombrados ha reducido en algo siquiera la cantidad de personas que padecen hambre crónica.
El monocultivo, el cambio de vocación productiva de los suelos y, sobre todo, el uso indiscriminado de químicos para mejorar la producción tienen efectos aparentemente positivos en el corto plazo, pero en el mediano y largo plazo son una amenaza para la vida en el planeta. Urge no solo que las autoridades de Estado, sino toda la población, tomen conciencia de estos peligros y se decidan a hacer algo al respecto, incluso si eso significa mermar las ganancias de quienes ya son ricos.





