A poco más de una semana de iniciada la invasión de Rusia a Ucrania, todavía son poco claras las verdaderas motivaciones detrás de la extrema medida anunciada semanas antes del primer ataque militar el jueves 24 de febrero por la madrugada. Lo que sí ha quedado claro es la toma de posiciones por parte de los Estados y los efectos que se producen en las sociedades.
Si es verdad que la política es la continuación de la guerra por otros medios, una invasión militar, por ejemplo, o mucho más una declaratoria de guerra, podría interpretarse como una suspensión de la política, cosa que el Presidente ruso se ha preocupado de negar en al menos dos discursos televisados en los que aseguró que el movimiento de tropas tiene el objetivo de evitar que Ucrania se convierta en nuevo miembro de la OTAN y amenace la seguridad de su país, es decir que lanzó una ofensiva militar con fines eminentemente geopolíticos.
Por lo demás, la mayor parte de los medios de comunicación omitieron deliberadamente informar sobre estas consideraciones y en todo caso se resaltó la aparente amenaza de guerra nuclear escondida en las palabras del mandatario ruso. Como es bien sabido, es en tiempos de guerra cuando más fácil resulta polarizar a la opinión pública, y los medios han sido los primeros en tomar partido en contra de la potencia euroasiática, desacreditando y fustigando a quienes no comparten esa posición.
Previsiblemente, lo mismo sucede con los liderazgos políticos. En Bolivia, por ejemplo, las y los portavoces de la oposición encontraron un buen motivo para cuestionar la vocación constitucional del Gobierno al juzgar el modo en que la Cancillería se pronunció públicamente sobre la invasión rusa o la posición adoptada en la Asamblea General de Naciones Unidas.
Así, los mismos que defendieron y aún defienden la inconstitucional sucesión presidencial de 2019 hoy aparentan rasgarse las vestiduras porque la representación boliviana ante la ONU desconoció el precepto constitucional de rechazar toda forma de agresión militar al abstenerse de votar a favor de una resolución no vinculante, que además tendrá el mismo valor que las resoluciones a favor de la autonomía del pueblo palestino o contra el inhumano bloqueo estadounidense a Cuba, dos casos de vulneración sistemática de derechos humanos que a estos mismos políticos no parecen preocuparles.
Las imágenes que se transmiten desde diferentes ciudades ucranianas son un poderoso recordatorio del horror y las miserias de la actividad bélica, y funcionan como poderoso aliciente para tomar partido en contra de la potencia invasora, pero en absoluto ayudan a comprender causas y motivaciones; es entonces que aparece la ideología como motor de la razón, impidiendo comprender a cabalidad lo que está sucediendo en el norte de Europa y mucho más las consecuencias que este acto de agresión tendrá en la política global. No por nada se afirma que en todo conflicto bélico la primera baja es la verdad.





