Las elecciones latinoamericanas siguen sorprendiendo. La calificación para la segunda vuelta presidencial colombiana de Rodolfo Hernández es un indicio de la fatiga ciudadana frente a los partidos tradicionales y de la búsqueda de los electores por alternativas alejadas de los detentores habituales del poder político.
El pasado domingo se realizó la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia: el candidato de las fuerzas de izquierda Gustavo Petro obtuvo el 40,3% y, sorpresivamente, Hernández se calificó para el balotaje con un 28,1% de votación. Los grandes derrotados fueron Federico Gutiérrez, candidato que aglutinaba a los partidos de derecha más fuertes del país, incluido el uribismo, y Sergio Fajardo, que representaba a una coalición de centro liberal.
La adscripción ideológica de Hernández está en discusión. Por lo pronto, se sabe que su candidatura fue una aventura casi exclusivamente personal, sin apoyo de alguna fuerza política nacional. Se le conocía por haber hecho una gran fortuna en negocios inmobiliarios y luego haber sido un popular alcalde de Bucaramanga. Es un político con un lenguaje simple y directo, que fundamentó su campaña en un discurso contra la corrupción de los políticos, no realizó casi concentraciones, tampoco participó en debates, ni tiene un equipo técnico conocido. Fue más bien muy asiduo de las redes sociales y empezó a ser reconocido como “el viejito de TikTok”.
Sin entrar en demasiados análisis, es evidente que el personaje logró conectar con un amplio segmento de la ciudadanía que desconfiaba del cambio propuesto por Petro, el primer izquierdista con posibilidades de gobernar Colombia, pero que tampoco deseaba seguir apoyando a las estructuras políticas tradicionales de la derecha. Si hay algo que comparten sus electores es su rechazo a la corrupción de las élites partidarias. Es sobre esas bases que quizás Hernández acabe siendo presidente, sin que se sepa hasta ahora mucho más sobre su programa o los que le acompañarán.
Éste no es un fenómeno singular; hace unos meses en Costa Rica, el economista Rodrigo Chávez ganó también las elecciones presidenciales en segunda vuelta frente a un expresidente y líder de uno de los grandes partidos históricos de ese país. Chávez tampoco era muy conocido, había hecho gran parte de su carrera fuera del país, le apoyaba un pequeño partido y se vio envuelto en varias polémicas por su estilo frontal de comunicarse. Al igual que el costarricense, Hernández, si gana la elección, tendrá que gobernar sin una bancada propia o numerosa en el poder legislativo.
Cada contexto tiene sus particularidades y sería excesivo generalizar estas situaciones, pero no deja de llamar la atención la fuerza que está tomando el sentimiento anti partido y en general de desconfianza frente a todos los poderes establecidos en la región latinoamericana. Habrá que tomarlo en cuenta.





