En los últimos meses, han sido varias las veces en que desde este mismo espacio se ha lamentado el lento deterioro de la democracia en el país y en la región, a veces a causa de los apetitos de líderes, otras por la débil o debilitada institucionalidad del Estado o, finalmente, por el asedio de grupos corporativos con intereses diferentes de los expresados por los pueblos en las urnas.
El nuevo año ha iniciado con más conflicto y amenazas para la democracia, baste con mirar a Bolivia, Brasil o Perú, donde diversos eventos, con diversas causas y matices, han puesto en vilo la paz social y causan incertidumbre sobre las instituciones formales de la democracia, lo mismo que sobre la adhesión popular a este modo de gobierno que tiene como uno de sus pilares la elección popular a través del sufragio universal.
En el caso boliviano, poco a poco va disminuyendo el fervor con que se defendió al Gobernador de Santa Cruz, hoy detenido preventivo mientras el Ministerio Público investiga sus actividades en octubre y noviembre de 2019, cuando el gobierno electo fue forzado a renunciar y se produjo una sucesión presidencial alejada de la prescripción constitucional; sin embargo, la población movilizada sigue encontrando motivos para permanecer en las calles, entre ellos la “defensa de la democracia”, expresión hoy vacía de sentido, y el acoso a las instituciones “del Estado”.
En Brasil el fin de semana se vivió una versión remozada del ataque al Capitolio estadounidense hace un año: miles de seguidores del expresidente Jair Bolsonaro tomaron por asalto los edificios de los tres poderes del Estado, provocando gran conmoción, pero afortunadamente sin poner en riesgo, todavía, la estabilidad del gobierno recientemente posesionado.
En Perú es donde peor le va a la democracia. Semanas atrás, cuando el Congreso estaba a punto de remover del cargo al presidente electo, aplicando la ley de manera espuria, éste decidió que la mejor defensa es el ataque y pretendió dar un golpe de Estado cerrando el Legislativo y apropiándose del Judicial. La iniciativa no duró más que unos minutos y el presidente fue detenido y expulsado del cargo. Pero fue apenas la mecha que ha encendido violentas protestas, particularmente en las regiones andinas, donde la presidenta sucesora instruyó represión violenta, que ya se ha convertido en masacre.
No se trata, pues, únicamente del embate de uno de los polos de ideología extrema, aunque por la derecha se observa el mayor déficit de valores democráticos, sino de la acción combinada de líderes y dirigentes poco afectos a esos valores, que a falta de gobernabilidad echan mano de la violencia; de multitudes cuidadosamente desinformadas, pero de gran emocionalidad; y de instituciones (y sus gestores) que se hacen poco confiables para la ciudadanía. Unos desean acabar con la democracia para beneficio de grupos corporativos y parciales, otros han comenzado a desconfiar de ella. Se vienen tiempos difíciles.





